Osiria

FOTO: Karolina Grabowska
Publicado en: 2022-05-09

Lo que más lamento de todo esto es el hecho de que tuve que vivirlo con alguien que no me dejó ver su corazón. La rabia, el hastío, las ganas de correr hasta que se me revienten los pulmones siguen ahí, vivas. Arribita del costillar se encuentra una bóveda, un órgano rojo que es a la vez una prisión. ¿La merezco?, ¿esto es lo que he cultivado por cerrar mis ojos ante la verdad por tanto tiempo? Veo adentro, observo el resultado de esa ceguera como una furia que no termina, que a su vez surca la tierra pecho adentro; la llena de semillas que invaden mi sístole y mi diástole, cada bombeo empuja veneno por mi garganta. Pum-pum. Pum-pum.

Desprecio.

¿Quién eras?, ¿quién eres?

Hay un rumbo desconocido que pretendo entender. He escuchado decir por treinta años que a la gente buena le pasan cosas buenas, me he tragado mentiras como que somos las víctimas de nuestros propios inventos. Pero, esto no lo creé yo, esto es el fruto de jornadas trabajadas por otra gente y tiene un sabor amargo. Mi imaginación, en cambio, me arrastró por pasajes diferentes, lugares donde la comprensión sería Ley, la más grande de todas las mentiras. Lugares de miel y leche.

Ella.

Tuve la osadía de querer ver la bóveda bajo sus senos, aunque la verdad no pude ni asomarme. Comparan al corazón con una manzana encerada, con un puño cerrado que bota sangre en todas direcciones, ¿no les abre el apetito esa imagen de la manzana escarlata rellena de un líquido caliente? Ahora vengo aquí a hablar de supuestos, porque es todo lo que me queda. Insinuar que no vi nada, blasfemar. Además, porque de eso estaban hechas las semillas que planté o que me plantaron, de un vacío, de espacio neutro, de que no fuimos y somos solo en mi cabeza. Ahí en medio de la materia gris que me alumbra, me creí agricultora. Me comí el cuentico de que si yo plantaba algo dulce, recibiría algo dulce de vuelta. Y esa es la clave de todo, ¿por qué no pude vivir esto antes? Porque no con alguien que también le apostara a un hasta pronto. En cambio, busqué primaveras en un terreno baldío. Me paré en medio de un desierto a esperar que bajara agua, esperaba cántaros de ríos y mares, la sed me cegó. En el desierto no hay agua, pero sí hay espejismos.

Hay un problema grande con ese veneno que surge desde el centro de mi cuerpo, es adictivo. Tal vez porque me sabe a su boca, a sus helados brazos, a sus respuestas ambiguas; viene del mismo frondoso árbol que le da sombra a sus sueños. Dijo que soñaba, nunca supe con qué. Sé que al despertar otra navegaba por su mente. ¿Qué respondes a eso? Frente a eso solo queda una llamarada inicial que después se convierte en incendio, tormenta de lava y ceniza. ¿Dónde está esa persona de quince años que debió encarar un amor así en su debido momento? Se fue dejándome esta tarea tan pesada. Me dejó sin herramientas: “toma”, parece que hubiera soltado, “encárgate tú.” A mi edad la gente ya no le apuesta a lo nuevo, la gente se limita al rencor o la nostalgia.

Bestia.

Me has dejado sin piso. Y sé que si ves esto, nada cambiará.

Me queda el consuelo de que algo estoy sembrando, allá en el país inhóspito de tu alma.

Foto principal: Karolina Grabowska. En: www.pexels.com

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Viajera, educadora y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas colombianas como Literariedad, Sombralarga y Sinestesia. Columnista de Volcánicas y Afroféminas. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas, Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos, publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos.

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