Encanto movie: la raza sin racismo

FOTO: Disneylatino.com
Publicado en: 2022-01-24

Para poner en perspectiva las razones en torno a por qué fui a ver Encanto – una película de Disney inspirada en Colombia, voy a iniciar contando que llevo cuatro meses viviendo en el exterior acompañada de una nostalgia que habita hasta el más mínimo recuerdo. Esa soledad de la que tanto me habían advertido en momentos se matizó por la emoción que sentía al saberme “ganadora” de una beca, por pensar en la nieve y en tantas bellezas creadas por Hollywood, sin embargo, la emoción jamás nubló por completo mi conciencia sobre lo que implicaría vivir en el norte global, así que esos sentimientos no me tomaron por sorpresa. Lo que sí experimenté fue una nostalgia que nadie me advirtió cuando empezamos a olvidar nuestra voz en el afán de afirmar e inmergirnos en otra lengua. 

Para aminorar esas pérdidas Encanto movie parecía ser una opción porque me ofrecía la posibilidad de reconectarme con mi país aunque fuera a través de una pantalla. Además, estaba emocionada por compartir con el grupo de mujeres latinas de mi facultad. Pero ese día experimenté dos desencantos. El primero, es que aunque mis compañeras se auto-reconocen como latinas dominan muy poco el español, lo que explica su preferencia por conversar en inglés. Ellas, aunque conscientes de cómo sus raíces centroamericanas las envuelven en la rutina cansada de ser estereotipadas, de sufrir racismo y de habitar los problemas propios de clase en un país como Estados Unidos, muy poco discuten como la imposición de otras lenguas y culturas las forzó a valorar más el inglés qué el español. De allí que en nuestros encuentros del grupo latinx, donde yo pensé que mi nostalgia se iba aminorar, justo se hizo más grande. Sin embargo y a pesar de este primer choque, todas coincidimos en el deseo de encontrar conexiones a toda costa con referentes que nos hablaran sobre eso que conocemos como la latinidad. La publicidad en torno a Encanto parecía ser eso y justo aquí comienza mi segundo desencanto.

La película inició de forma realista y necesaria, introduciendo las duras imágenes de una familia colombiana víctima del conflicto armado, allí se podían ver imágenes dolorosas que se repiten en nuestra historia política, imágenes de mujeres con niños y niñas en brazos que ven asesinar a sus esposos, de familias enteras que llevan a hombros sus más valiosas pertenencias mientras caminan ese largo y ruidoso trayecto que las separa de su pueblo, de su territorio, de su mundo material y simbólico.

No pasaron diez minutos y en la película empezó a mezclarse todo con todo. Entre las montañas cargadas con plantas de café se asomaban altas y frondosas palmeras. En las fiestas comunitarias, en un lugar que parecía estar situado en la parte andina del país primaba la salsa en lugar de la carranga y la guasca; y a cambio de guitarra había marimba interpretada por un hombre blanco. Los campesinos de la zona andina en lugar del carriel, el machete y la ruana, usaban ropa playera y lucían un sombrero vueltiao. Lo más impactante para mi, fue percibir el “multiculturalismo” que intenta representar la película y la integración de los grupos étnico-raciales. Esa coexistencia pluricultural armónica que borraba las tensiones y las disparidades raciales que la gente negra que crecemos en lugares andinos y blancos estamos acostumbrados a cargar. No había estereotipos, ni rechazo, ni burla. Era un mundo mágico. Hasta apareció un tigre grande y amigable que me hizo desorientar aún más en la película, y que me llevó a sentirme parte del Atalaya o de la tierra prometida de los Testigos de Jehová.

Me sentía extraña en ese mundo del racismo sin raza, o la raza sin racismo, o como se quiera clasificar. No tiene relevancia el orden que se le asigne, porque nada de eso tenía peso en esa sociedad andina de Colombia.

La película tuvo su momento de contar la historia del racismo y de hacer representaciones en torno a las tensiones derivadas por la raza en lugares montañosos de Colombia, en especial cuando describía los problemas y disfuncionalidades que tenía la familia Madrigal. Por ejemplo, la jefa de hogar era autoritaria e imponente. Me recordó a las señoras paisas que yo veía cada mañana de camino al colegio. Ellas se reunían en el parque principal a tomar café después de salir de la iglesia, para lamentarse y criticar a las estudiantes que quedaban embarazadas, o las esposas que se separaban de sus “brillantes esposos”, o de aquellas mujeres que habían sido vistas fornicando y haciendo otro tipo de actos “inmorales”. La matrona Madrigal también me recordó aquellas abuelas paisas que rechazan al nieto o nieta cuyo tono de piel es el más oscuro del hogar, le silencian, no le dan regalos, y les someten a injustos señalamientos y castigos frente de sus primos(as) o hermanos(as) con tonos de piel más claros. Justo allí, la película tuvo la posibilidad de enunciar cómo niñas con tanta magia como Mirabel, por ser de las más oscuras de la familia en los contextos andinos, pierden su fortaleza por la internalización del racismo que las hace creer esas historias negativas en contra de su cuerpa, cabello, color y ancestralidad.

La película también pudo problematizar la parte del tío que vivía oculto. Él me recordó a los campesinos homosexuales que son expulsados de sus casas porque no siguen los modos heteronormativos, violentos e impuestos de sentir, de amar y de relacionarse sexo afectivamente. Aquellos hombres como el tío de Mirabel, pese de ser excluidos, se quedan habitando esos espacios porque encuentran en la religión, en la cultura y en la costumbre paisa una parte fundamental de sus vidas que no están dispuestos a renunciar, aunque eso signifique permanecer en el anonimato. Pero bueno, es Disney y quizás mis expectativas de un relato de la belleza “multicultural” que no encubra el racismo es demasiado en este contexto.

En la representación de la magia tampoco avisaron cómo las comunidades negras e indígenas son estereotipadas en estas geografías andinas como los brujos, hechiceros, e hijos del demonio. La película nunca puso eso en conflicto ni presentó estos modos racistas de clasificar otras formas espirituales y ancestrales. Entonces recordé los riesgos de descontextualizar lo racial en contextos políticamente correctos como las películas de Disney, que no sólo disfrazan problemas tangibles y de larga data sino que además los recrean como positivos. Otro aspecto bastante riesgoso de estas películas animadas, cuya audiencia es la población infantil, es que superficialmente nos hace creer que no tienen impacto en la construcción de estereotipos, prejuicios raciales, u otro tipo de sesgos. Pero es todo lo contrario, históricamente la televisión ha sido una de las principales fuentes para reproducir lógicas coloniales. En este caso, desde mi opinión y experiencia, este tipo de películas contribuye al discurso de ocultar y encubrir la existencia del racismo y la discriminación racial, lo que conduce a medidas nulas o inefectivas en contra de este problema estructural.

Mis compañerxs del grupo salieron felices. Una de ellas contaba que tuvo que contener las lágrimas porque la película fue demasiado emotiva. Yo guardé silencio, a veces me canso de ser la antirracista que daña la fiesta. Esta vez quería sentirme integrada para sentir el encanto de la película que nunca me tocó. Al final decían que fue fascinante descubrir que la verdadera magia está en el gift de la comunidad soportando en momentos difíciles. Eso era cierto. En mi mente complementé esa afirmación recordando que en Colombia las comunidades no tienen otra opción más que intervenir en medio de una crisis porque tenemos un gobierno ineficiente, corrupto e inequitativo. Un gobierno que pone la responsabilidad en manos de unos cuantos mientras los recursos se esfuman en la corrupción, en la concesión de contratos a cargo de las mismas élites y en la inversión en la seguridad que vulnera a al pueblo.

En Colombia las comunidades negras, indígenas y empobrecidas siempre hacen magia, se sacan el pan debajo del brazo para multiplicar los enseres de sus vecinos, se soportan con la mano cambiada, el trueque y crean ilusiones en medio de un mundo tan devastador. Eso fue lo único que Encanto coincidió al representar a Colombia y a sus comunidades más vulneradas víctimas del empobrecimiento, racismo y conflicto armado y este no es un aspecto bello de nuestra historia, todo lo contrario, hacemos magia en medio de la miseria y eso tiene que cambiar.

Foto principal: www.disneylatino.com

 

 

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Economista negra, miembra de la Asociación Colombiana de Economistas Negras.

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