El orgullo que no me representa

FOTO: Lorena Trespalacios
Publicado en: 2021-07-14

Debo iniciar aclarando que sentir orgullo en una ciudad como Cartagena Colombia, donde la palabra marica se utiliza como muletilla, como chascarrillo, como insulto, resulta un acto estructuralmente político y transgresor. Es que encontrar los motivos para que el orgullo aflore en una ciudad donde a las maricas, a las lesbianas y sobre todo a las trans nos miran mínimo como una caricatura, requiere echar mano de una cantidad de recursos simbólicos para que la burla y la invisibilización no nos engullan a todxs en la fosa común de la #discriminación naturalizada.

Con mayor frecuencia, en este proceso de construcción de un lenguaje que nos permita exhibir dicho orgullo; marchas, desfiles, caminatas, plantones, tomas simbólicas y más recientemente en la región: prides o marchas del orgullo, redundan en la retórica LGBT. Sin darnos cuenta, junio se convirtió en el mes del orgullo y aunque en la ciudad nunca la hemos conmemorado al estilo norteamericano, hoy empieza a susurrar en las calles y en las redes, una suerte de necesidad por conmemorar la fecha. Meterle modernidad a la ciudad… actualizarla.

Sin embargo, algunos escépticos capaces de mirar en retrospectiva, hemos encontrado un patrón que resulta interesante señalar a propósito de darle una forma legible a la #historia de lo LGBT en el país y en la región; partiendo obviamente de las fuentes históricas internacionales que le sirvan de sustento. Entre ellas, obviamente lo que ocurrió hace 50 años en el bar de Nueva York llamado Stonewall Inn; un sitio de homosocialización manejado por la mafia italiana y que sobrevivía en una época de Estados Unidos, en la que la sospecha de la homosexualidad, distinto a generar orgullo, activaba el sistema jurídico para encarcelarnos o despedirnos de nuestros empleos. Por maricas.

De ahí que la estética narcótica, rumbera, peligrosa y del bajo mundo; de pupilas dilatadas y cuerpos rebeldemente deseantes haya acompañado siempre las luchas de las personas sexualmente diversas en el mundo, soportando así la estigmatización; no sólo por lo que practicamos en nuestras camas sino, también, por una presunta criminalización que rayaba en la persecución y el morbo cacorro.

Esa misma historia nos cuenta que luego de una revuelta en dicho bar; cual club de la pelea, travestis negras, latinas, lesbianas y un número variopinto de figuras del armario queer de la época –nada que ver con la estética blanqueada y marcadamente comercial que se percibe hoy en dichas marchas- convirtieron una escena de abuso y discriminación por parte de la policía, en una lucha por existir… hasta ahí todo el mundo tiene más o menos clara la historia. Dicho bar, pero sobretodo la valentía de las personas que se resistieron a la requisa de los policías, representaron un nuevo canon para aquello que hoy de manera genérica y desprevenida llamamos Pride y que reducimos semióticamente a banderas de arcoiris, selfies y hombres gays blanco/mestizos guapos y hegemónicos mostrando los resultados del gym.

Lejos de esta nueva narrativa del orgullo quedaron nombres como Marsha P Jhonson y Silvia Rivera, íconos históricos que vieron cómo el discurso de las ONG´s, lideradas por gays blancomestizos, con formación académica y por supuesto mayor credibilidad que una travesti negra o una descendiente de inmigrantes vestido de mujer; aprovecharon el escenario para visibilizar su agenda y sus intereses: adopción y matrimonio igualitario, -punta de lanza de una agenda- en un mundo donde las travestis negras viven un promedio de 35 años en contextos de pobreza y marginalidad… encuentren el patrón.

Todo apunta a que en eso de la interseccionalidad, término bastante frecuente hoy; por un efecto de sedimentación, termina seleccionando al dominante del grupo, el más visible o el que encaje mejor en la norma; lo que en la práctica podría representar acceso a acciones afirmativas, al reconocimiento o ascenso social. De esta manera, lo intereses y luchas de gays blancos, clase media y profesionales se convirtieron mágicamente en la agenda común de la comunidad LGBT, y por ahí mismo, el motivo de celebración de cada Pride.

Para ser más precisas, como dice Betty Ruth Lozano, al no tratarse de una serie yuxtapuesta de categorías de discriminación dispuestas como capas de una cebolla (raza, género, clase) sino más bien, una fusión de ellas, es lógico que la realidad de Marsha Thompon no solo sea diferente a la de Elthon Jhon o Truman Capote, sino que además eclipse las particularidades de lo que para muchas estadísticas es su par.

En Cartagena, Colombia por su parte, la agenda conmemorativa se divide fundamentalmente en dos momentos: una marcha el 17 de mayo #M17 en conmemoración al día internacional contra todo acto de homolesbotransfobia y que rememora el día en el que la OMS sustrajo la homosexualidad de libro de enfermedades mentales; y seis meses después, en noviembre, La Marcha de la Independencia y las Diversidades en el marco de las festividades populares de la ciudad.

Pero no se confundan… no se trata de un regalo de la alcaldía o de otro ente gubernamental, se trata del remanente de desfiles que desde hace más de 20 años, travestis negras y transformistas de la ciudad salían, como en StoneWall hace 5 décadas, a desfilar encaramadas sobre las carrozas que el día anterior había engalanado la batalla de flores y a las reinas populares de la ciudad.

Como ya podemos percibirlo, los sitios de homosocialización han ocupado un espacio importante en la historia y la cosmovisión de las personas que se salen de los cánones hegemónicos de comportamiento sexual. Un espacio de escape pero también de resistencia, que en la actualidad y en otras ciudades del país y el mundo, aportan logística, económica, pero también ideológicamente en el diseño de dicha nueva retórica para narrarnos políticamente. Hablo de que las discotecas y bares, lejos de estar distantes en la historia política de lo sexualmente diverso, resultan una carta fundamental en esta historia aún en construcción.

Y es allí donde las discotecas requieren mirar con lupa su papel con el activismo en la ciudad. Mirar el retrovisor y recordar, por ejemplo, que fue en las afueras de una de ellas donde fue asesinada la Rococosa o el joven universitario apuñaleado en el barrio Las Gaviotas. Discotecas sobre las cuales, algunas, reposan denuncias por restringir el acceso a mujeres trans o mujeres lesbianas. Todos tenemos nuestra mea culpa en este historia y considero que llegó la hora de tomar cartas en el asunto.

No se me ocurre otra respuesta frente a la inexistencia de una marcha en junio en Cartagena mas que la de habernos acostrumbrado a salir de noche con ese tufillo a vergüenza sobre la nuca; como el que te queda después de caminar mucho tiempo debajo del sol. Respondiendo a los temas urgentes, aplazando el orgullo para tener vida digna. Nos acostumbramos a sentirnos cómodxs con lo que a regaña dientes lograron conseguir las maricas activistas de esta ciudad malagradecida… H I P Ó C R I T A.

No concibo como una ganancia que luego de 10 años de activismo social marica Y sexualmente diverso en el Caribe aún tengamos que soportar en las oficinas del Estado, secretarías y representantes institucionales que frente a nuestra presencia nos reciben con un clásico: ¡bendiciones varón de Dios! Cristo te ama te da la paz y la vida eterna; mientras de manera casi esquizofrénica internamente maldicen nuestra existencia en nombre de Dios sólo porque los pastores de sus iglesias también esquizofrénicas les advirtieron que dentro de nuestros cuerpos no hay alma sino legiones de demonios ¿Alguien me puede hablar de dignidad en este lugar?

Tampoco veo como una ganancia qué las maricas del Caribe después de muchas políticas públicas lgbt en la región todavía tengamos que vernos a los ojos y recordarnos la marginalidad económica y el abandono estatal en el que hemos quedado A cuentas de que “son cosas de maricas”… Y las cosas son así. Fin.

Pero al tiempo que los desfiles internacionales aumentan en número de asistentes e inversión logística y económica; grupos de lesbianas y transgeneristas negras han percibido que sus luchas identitarias y cosmovisiones se quedaron a un lado de la narrativa histórica, y hoy, lejos de haberlas cobijado en el mismo manto de representatividad y visibilización; se ven obligadas a marchar en jornadas alternas a las programadas por los desfiles oficiales, en modo de protesta; o sea, una contra resistencia; un exabrupto que solo tiene forma en una sociedad mercantilizadora y extractivista que no le teme desaparecer todo aquello que dañe su imagen: su nueva retórica… maricas de bien que no representen problema para las autoridades jurídicas ni morales… Maricas y pendejxs

Ilustración: Lorena Trespalacios Janne

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Marica antirracista y caribeña nacida en la isla de San Andrés; defensorx de DDHH, periodista, investadorx y Magister en Estudios Afrocolombianos.

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