Las mujeres en cargos de poder político, las mujeres como “jefas”. Dilemas vigentes en los feminismos

FOTO: Marcus Winkler. 
En: www.pexels.com
Publicado en: 2021-05-12

En los últimos años de mi vida me he preguntado por la participación política de las mujeres en escenarios gubernamentales así como en espacios laborales del sector privado. He entendido que pese a ser casi la mitad de la población estamos subrepresentadas y que esta subrepresentación ha tenido unas implicaciones históricas no solo en términos de las políticas de la representación sino además en los modos en los que como humanidad se nos ha impuesto la muerte y las guerras como forma mayoritariamente “masculina” de “gerenciar” el mundo. Con este texto busco entonces poner sobre la mesa un debate que durante años ha hecho parte de los feminismos pero que sigue siendo absolutamente vigente. Un debate en el que quiero analizar los espacios laborales y el deber ser de “la jefa”, hasta los espacios de representación política y lo que esto implica hoy en contextos de institucionalización del feminismo.

Pese a que en diferentes lugares las mujeres han podido hacer parte del mercado laboral y generar ingresos, todavía existe un “techo de cristal” que no permite que ellas alcancen los cargos más altos dentro de instituciones públicas y privadas. Este concepto de techo de cristal ha sido empleado desde finales de los años 80 y se refiere a la barrera invisible que impide que mujeres muy cualificadas alcancen cargos altos en las organizaciones donde se desempeñan.[1] No hay explicaciones para que las mujeres no lleguen a la cima y por eso se habla de una barrera invisible o de cristal, pues aunque nadie la ve persiste pese al esfuerzo, los estudios y la experiencia.

De acuerdo con un estudio de la firma Deloitte (2019)[2], en Colombia el 16,6% de lugares en las juntas directivas, están ocupados por mujeres. Además, de las empresas consultadas solo el 8,6%, tiene a una mujer como presidenta de junta directiva. Por supuesto que esto no solo ocurre en Colombia sino que es una tendencia en la región y en el mundo.

Con respecto al sector público, de acuerdo con la Dirección del Empleo Público para 2020, el 43% de los 10.010 cargos de máximo nivel decisorio provistos en el Estado Colombiano, fueron ocupados por mujeres. De forma similar, para los otros niveles decisorios, la participación de las mujeres en los 10.867 cargos provistos fue del 46%.[3] Por otro lado, por primera vez en la historia de este país hay una mujer vicepresidenta e importantes carteras como la de Transporte, Educación, TIC y Ciencias están dirigidas por mujeres.

Este tema del liderazgo y de la representación política y organizacional es uno de los frentes de batalla del feminismo blanco institucional. En los rankings internacionales de equidad de género como el índice global de la brecha de género construido por el Foro Económico Mundial, se valora positivamente la mayor participación de mujeres en las estructuras de toma de decisiones.

Sin embargo, esta situación que refleja que la inequidad entre hombres y mujeres se presenta sin importar la clase social, encierra dos dilemas o paradojas que vale la pena analizar. En primer lugar, la reproducción de prácticas masculinas patriarcales en las mujeres que logran romper ese techo de cristal y un segundo dilema esta relacionado con la obsesión de que más mujeres lleguen a altos cargos directivos públicos o privados, ignorando la trayectoria de esas mujeres y la forma como obtuvieron ese logro.

El “deber ser” de la mujer que lidera

Este tema ya me venía dando vueltas en la cabeza en mis siete años de experiencia profesional. Sin embargo, fue un artículo en el portal Las2orillas, el que me impulsó a escribir sobre este sentimiento. El artículo se titula “el malgenio de Andrea Guerrero, su fórmula para imponerse en ESPN[4] En este pequeño texto el autor reconoce que el análisis deportivo es un “terreno machista y lleno de prejuicios” y aunque no profundiza en lo de su “malgenio” si muestra situaciones sexistas en las que ella ha tenido que defenderse de sus compañeros varones, mucho más ahora que dirige un programa de debate deportivo en este importante canal internacional. ¿Será que el “malgenio” y una actitud defensiva y autoritaria, son necesarias para que las mujeres se sostengan en altos cargos de dirección?

Sin ser la norma o una generalidad, me he dado cuenta que muchas mujeres en altos cargos de liderazgo deben asumir un comportamiento catalogado como “masculino” para demostrar que su nombramiento fue un acierto, cosa que muchas otras hemos padecido en espacios laborales e incluso organizativos. Dentro de una lógica profundamente patriarcal, la sociedad espera de estas mujeres directivas que sean inflexibles, explotadoras, de malas maneras en el trato y que “se pongan la camiseta”, expresión que encubre una práctica capitalista muy difundida en Colombia, para referirse al esfuerzo desmedido por cumplir las metas u objetivos de una institución o entidad, sin importar lo que esto implique para las y los trabajadores. Esta explotación no se ve como tal y por el contrario se valora como algo muy positivo en los ambientes laborales. Estar siempre disponible y trabajar hasta la hora que sea es lo mínimo que se espera de un directivo, más si es mujer, pues se le dio “la oportunidad” de demostrar que sí podía.

Durante mucho tiempo, muchas hemos criticado los estilos gerenciales masculinos, aquellos donde el jefe grita, donde su palabra es ley, donde no permite la mínima interpelación, donde pedir un permiso es casi un suplicio, pero al parecer este es el estilo que soterradamente les exigimos a las mujeres cuando ascienden, quizás para demostrar que tienen el suficiente carácter para liderar un equipo en el sector privado o en el Gobierno y para no perder autoridad ante los “subalternos(as)” y colaboradores.

Si se quiere triunfar como mujer dentro de instituciones o entidades se deben dejar de lado algunas actitudes catalogadas como femeninas tales como cuidar, escuchar, comprender, pues esto no hace parte de lo que se espera de “un” líder, menos si se trata de una mujer, pese a lo que nos enseñan en cursos o charlas motivacionales sobre el liderazgo. Esa posición de “impostora” donde de pronto ni la misma mujer crea que haya logrado ser la presidenta, gerenta, directora, exige un nivel de competitividad inigualable, donde no está permitido desfallecer, ceder, renunciar, máxime cuando de su rendimiento depende el futuro de otras mujeres que vienen atrás y que también quieren escalar.

Esto por supuesto es absolutamente problemático para la salud física y emocional de las mujeres, porque además de que es difícil acceder a uno de estos cargos, cuando lo logran deben adoptar actitudes terriblemente nocivas para mantenerse y sacrificar otros aspectos de su vida.  Por supuesto que pueden haber algunas excepciones, pero la sociedad machista avala y premia a las “mujeres de hierro” absolutamente competitivas que tienen como única meta demostrar que si son capaces y que tienen mucho que aportar.

Asi como de las mujeres blancas se espera que se parezcan a los hombres, de las mujeres negras se espera que se parezcan a las blancas, es decir, que borren todo comportamiento que las asemeje con sus co-raciales. La lógica es mandar el mensaje a la sociedad y a las mismas mujeres negras que el éxito y la superación de la barrera invisible del ascenso se da por el compromiso para superar los males, que en opinión de los racistas, no permiten mejorar la situación de inequidad de las comunidades negras. Los estereotipos raciales contra las mujeres afrodescendientes obligan a no expresar los sentimientos con demasiada fuerza y pasión, hablar en el tono adecuado, mantener una estética aceptable, estar hiper calificadas y en general demostrar que solo dejando atrás eso que las hace negras (excepto el irrenunciable color de su piel y en general los razgos fenotípicos sobre los que también se asienta el racismo), lograron avanzar en la vida y obtener la oportunidad de dirigir.

¿Qué mujeres líderes queremos?

El feminismo blanco institucional se regocija con el ascenso en altos cargos o puestos directivos sin importar la trayectoria y pensamiento de las beneficiarias. Es el caso de Jeanine Áñez presidenta interina de Bolivia, luego del golpe de Estado de 2019 o de Martha Lucía Ramírez, vicepresidenta de Colombia en el actual gobierno de Iván Duque. Es lamentable la falta de criticidad para entender que mujeres abiertamente contrarias a los principios feministas, antiracistas y anticapitalistas y en general a una emancipación real de las mujeres sean vistas como referentes a seguir en términos de participación política. Defensoras del gran capital que destruye la vida en nuestros territorios, defensoras a ultranza de la militarización, opositoras recalcitrantes de los derechos sexuales y reproductivos, estos liderazgos femeninos no aportan nada al movimiento de mujeres, ni a los pueblos de los que muchas hacemos parte y por el contrario reproducen discursos patriarcales, racistas y extractivistas que nos oprimen cada día, apoyándose en la legitimidad que les confiere su cargo.

Aun recuerdo la celebración cuando Condoleezza Rice fue elegida como Secretaria de Estado en Estados Unidos. Y no era para menos. Rice fue la primera mujer negra en ejercer este importante cargo, además fue la segunda secretaria de Estado de origen afrodescendiente (después de Colin Powell) y la segunda mujer ejerciendo este rol (después de Madeleine Albright). Toda una osadía. Pero más allá de su condición de mujer, ¿las mujeres negras debemos sentirnos orgullosas y representadas en la Secretaria de Estado que fomentó la invasión a Irak en 2003 y que desarrolló todo un entramando para hacerle creer al mundo de que este país tenía armas de destrucción masiva?

Mi objetivo es hacer un llamado al interior de los feminismos y del movimiento de mujeres, alrededor de las políticas de la representación y con mayor énfasis sobre la participación política de las mujeres. Por supuesto que una parte de la tarea es mejorar el número de mujeres que llegan a los altos cargos, pues está diagnosticado que siendo la mitad de la población estamos subrepresentadas. Sin embargo, quedarse en eso es poco estratégico y hasta contraproducente o ¿es que las mujeres colombianas hemos avanzado en derechos porque exista una vicepresidenta?

Un feminismo comprometido con transformaciones radicales no es solo igualdad con los hombres. No significa que si ellos matan nosotras también lo hagamos, si ellos roban tengamos licencia para hacerlo. No es una igualdad para hacer el mal, para acabar con la vida, para destruir la esperanza. Los feminismos deben ser ante todo, una práctica de liberación contrahegemónica que nos garantice bienestar y en este sentido me niego rotundamente a seguir luchando por una representación en altos cargos (públicos o privados) o por participación política de las mujeres donde las que rompan el tan mencionado techo de cristal sean mujeres racistas y clasistas que le hacen el juego a la democracia neoliberal, al capitalismo y al estatus quo imperante. También me niego a convertirme en la capataz de mi grupo de trabajo, inundando de miedo y malestar los espacios laborales solo para obtener el beneplácito del patriarcado y la “palmadita en la espalda” en mi labor como “jefa”.

[1] Camarena y Saavedra (2018). El techo de cristal en México. La ventana vol5, no47 Guadalajara.

[2] DELOITTE (2019). Perspectiva global de las mujeres en Posiciones de toma de decisión

[3] FUNCIÓN PÚBLICA. DIRECCIÓN DE EMPLEO PÚBLICO. Informe sobre la participación efectiva de la mujer en los cargos de niveles decisorios del Estado Colombiano. Diciembre 2020.

[4] https://www.las2orillas.co/el-malgenio-de-andrea-guerrero-su-formula-para-imponerse-en-espn/

FOTO: Marcus Winkler. En: www.pexels.com

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Caqueteña afrofeminista. Economista de profesión y activista del movimiento afrodiaspórico. Soy cofundadora de la Asociación Colombiana de Economistas Negras, integrante de la Colectiva Matamba Acción Afrodiaspórica y miembro del equipo base de la Revista Marea. Convencida de que un mundo mejor es posible

2 Comments

  1. Muy buen artículo y reflexión compañera Ana María, mis felicitaciones por estas profundas y necesariasreflexiones. La sororidad y solidaridad entre las mujeres no puede seguir sirviendo de excusa para la producción y reproducción del sistema patriarcal, el racismo, el sexismo y el clasismo. Tampoco hay que seguir haciéndole juego o callando cuando otras mujeres no negras extendiende una supuesta solidaridad usurpando los espacios de trabajo reclamados y luchamos por la gente negra e indígena pero ocupados de manera poco ética por mujeres blanca/mestizas "aliadas" que llegan a esos espacios a convertirse en la capataz de la "hacienda" para deslegitimar a las mujeres negras con formación y capacidades iguales o superiores a las que por arreglos "políticos" y complicidad de muchos hombres negros (y algunas mujeres negras), son la cabeza visible de cargo directivos de pueblos étnicos.

  2. Excelente artículo!!!!

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