Literatura afrodiaspórica para leer complejidades históricas. Dos autoras, dos acercamientos al pasado

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FOTO: Alejandra Londoño
Publicado en: 2020-12-09

Sobre el método de análisis histórico de fuentes literarias hay mucho por decir, sin embargo, ese no es el alcance de este breve texto a través del cual lo que pretendo es resaltar el valor de la representación literaria como fuente histórica, contrario a lo que se cree en muchas escuelas de historia.

Quienes hemos estudiado la historia desde su campo disciplinar, seguramente muchas veces nos hemos encontrado con preguntas y debates en torno a las fuentes “legítimas” para analizar los tiempos pasados. En algunas escuelas, de corte tradicional/hegemónico, es común escuchar cosas tales como que las únicas fuentes “autorizadas” son las escritas, esas que además han sido resguardadas en archivos y que generalmente responden a textos que pasaron por las manos de escribanos, cronistas u otros. Quienes estudiamos la historia aprendemos paleografía y diplomática justamente para descifrar estos archivos y nos pasamos años leyendo entre hongos y garabatos.

Los archivos escritos, esos a los que algunas nos acercamos con guantes y tapabocas, son sin lugar a dudas un espacio para comprender el pasado y el ahora que vivimos; en ellos se encuentran consignados debates, disputas, reflexiones y una riqueza maravillosa de chismes: “Que si este dijo”, “que si la otra abortó o cometió infanticidio”, “que si el tabaco y el aguardiante”, “que si el cabildo”, “que si la bruja” y más, mucho más. También están allí consignadas memorias de las rebeldías y emancipaciones, las del dolor, el despojo, las injusticias, la esclavitud y por supuesto las de la razón blanca eurocentrada haciéndole camino a sus privilegios estructurales.

Los archivos escritos son un universo en el que sumergirse puede ser doloroso y/o fascinante pero sobretodo necesario, de esto no tengo dudas. Sin embargo, en mis años de revisión de archivo, nunca dejó de hacerme ruido el desprecio con el que muchos colegas (en ese momento maestros, maestras y compañeras de disciplina) se referían a otras posibles fuentes orales, pictográficas, audiovisuales y escritas como la literatura.

Muchas veces escuché que los géneros literarios eran tan solo ficción y como tal no podían ser considerados una fuente para comprender la historia. A pesar  de ello, cuando mi vida se topó con la literatura de escritoras y escritores de la diáspora africana, no solo aprendí a leer, no solo me sumergí y gocé un libro línea tras línea, no solo trasnoché queriendo saber qué seguía, sino que además encontré sentidos profundos en la escritura.Hallé en las novelas y en los cuentos el valor de la representación literaria como fuente histórica.

A continuación, recomiendo la lectura de dos autoras y dos de sus textos, los cuales son fuentes imperdibles para acercarse a periodos y procesos históricos.

Cosecha de huesos (1998)

 Una de las primeras voces con las que me encontré fue con la de Edwidge Danticat, una maravillosa escritora haitiana de novelas, poesía y cuentos. Danticat nació en 1969 en Portuario-au-Prince, Haití y migró a New york cuando era una niña. Debo decir que es una escritora increíble, que sus textos tienen espíritu, olores, sonidos, y son una conexión directa con muchas de las complejidades raciales, de clase y de género en la vida cotidiana. De Danticat quiero recomendarles Cosecha de Huesos, una novela histórica que representa de una manera preciosa, al tiempo que, descarnada y dolorosa, lo que implicó la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo para las personas negras haitianas que vivieron durante este periodo (1930-1961) en República Dominicana.

A través de la historia de Amabelle y Sebastián, Danticat teje un relato sobre  la crudeza del racismo nacionalista en el contexto de una dictadura, al tiempo que nos permite, a través de diferentes representaciones acercarnos la vida cotidiana, al amor, a debates raciales, a las formas en que se construye el culto a un líder dictador, a los silencios, a las omisiones, a los miedos, pero también las validaciones sociales y a las esperanzas.

“El pasado es más como la carne que como el aire; nuestras historias, testimonios como los que nunca oyeron el juez de paz ni el mismo Generalísimo.

Se llama Sebastian Onios y su historia es como un pez sin cola, un vestido sin ruedo, una gota sin caída, un cuerpo que al sol no da sombra.

Su ausencia es mi sombra; su aliento mis sueños. Los sueños nuevos parecen un derroche, fastidios innecesarios, demasiado que amontonar en el pequeño espacio que queda.

No obstante, creo que quiero encontrar nuevas maneras de llenarme la cabeza, nuevas visiones para una vida vieja, ríos sin agua que cruzar y grutas reales detrás de cascadas donde escabullirme cien veces al día. (Danticat, 1998; Pp. 277)

La representación literaria como fuente histórica en esta novela nos posibilita un acercamiento a las tensiones racistas en el contexto de una de las dictadura más largas, silenciadas y desconocidas del contiene. Gracias a Cosecha de Huesos pude seguirle la pista a las músicas de la dictadura, además conocí la orquesta de merengue de Trujillo mientras se cometía la masacre del perejil y entonces entendí los paralelismos que tantas veces se silencian en narraciones históricas que solo ven en una dirección a través de la cual se selecciona un hecho mientras se oculta que otros acontecen incluso en el mismo “tiempo”. Supe también que la isla está dividida por el “río de la masacre”, un lugar de valor simbólico e histórico importante que hoy sigue guardando las memorias del horror.

Gracias a Danticat, también comprendí las implicaciones de la pronunciación como factor de diferenciación racial en un contexto en el que el color de la piel en ambos lados de la isla podía ser el mismo, pero el lenguaje y más específicamente la pronunciación de la palabra “perejil” se constituyó en el marcador racial a través del cual el ejército del dictador tomaba la decisión en torno a quién vivía y quien moría. Cosecha de huesos no narra episodios que hayan acontecido tal cual, o quizás sí en algunos casos, sin embargo, el análisis de las representaciones literarias no se trata de la veracidad del hecho, mas del valor en los análisis y en las preguntas históricas que generan estas representaciones. Sinceramente, si quieren conocer más del Trujillato, si quieren acercarse a este periodo histórico a través de representaciones les sugiero guardar a Vargas Llosa y a tantos otros y poner sobre la mesa las letras de la inmensa Danticat.

Yo, Tituba, bruja negra de Salem (1986)

La segunda autora de la cual quiero hacer una breve mención nació en 1973 en Pointe-à-Pitre, Guadalupe. Marysé Condé es otra diosa de las letras que narra viajes a través de tiempos, que cruza océanos y conecta a la diáspora africana a través de una mirada “coral”, es decir, que mira en muchas direcciones para conectar dichas historias a través de un punto en común que en este caso es histórico y que habla de largas luchas y resistencias.

De Condé puedo recomendar dos textos, el primero es Corazón que ríe, corazón que llora, el cual es una selección hermosa de cuentos autobiográficos; y el segundo es Yo, Tituba, bruja negra de Salem. Me detendré en el segundo texto mencionado.

Tanto de Salem, como de la caza de brujas seguramente hemos escuchado muchas historias y hemos visto películas y documentales en donde las representaciones giran en torno a mujeres blancas, sabias, señaladas como brujas y asesinadas por serlo. También, seguramente, hemos pasado por los análisis propuestos por autoras como Silvia Federici (2004) que analizan la brujería desde una mirada materialista e histórica de la acumulación originaria del capital global, entre las muchas otras investigaciones que existen sobre el asesinato masivo de mujeres conocido como “la casa de brujas”.  Sin embargo, aún pasando por diferentes textos, representaciones y narraciones, Tituba y como ella, las miles de mujeres negras señaladas y asesinadas por brujería siguen estando ausentes y no porque no sean mencionadas, sino porque pocos análisis logran articular la brujería con el racismo en los contextos del siglo XV y XVI.

Los juicios contra las brujas de Salem se abrieron en marzo de 1692, tras la detención de Sara Good, Sara Osborne y Tituba, quien confesó su “crimen”. […] Hacia 1693 Tituba, nuestra protagonista, fue vendida por el monto de “su hospedaje” en la cárcel, más el de sus cadenas y sus grilletes. ¿A quién? Es tal el racismo, consciente o inconsciente, de los historiadores que a ninguno de ellos le interesa saberlo.  (Condé; 1986; Pp 235].

A través de la historia de Tituba, quien es la hija de Yao, nacida en Barbados luego de que su madre fuera violada por un marino inglés en un barco esclavista, Marisé Condé, narra entramados históricos, nos permite ver el sufrimiento, la rabia, la fuerza, la sabiduría y la resistencia que hizo posible que muchos saberes ancestrales llegaran hasta nuestros días, incluso en esos territorios en los que la diáspora no es mayoría, incluso en donde solo somos pequeños núcleos familiares pasados por las políticas del blanqueamiento y la eugenesia.

 Yo, Tituba, bruja negra de Salem, es un viaje por el siglo XV, por la historia de la “caza de brujas”, en Salem, pero esta vez la mirada no gira solo en torno a la brujería y sus efectos sobre ese universo homogéneo que se supone somos “las mujeres”. La autora disloca la narración y nos traslada a otras preguntas, a esas realidades que, aunque bien sabemos han existido y existen, siguen siendo parte de los silencios racistas impuestos. Esta novela, además nos acerca a través de poderosos relatos a las resistencias y a las luchas que han hecho posible las prácticas espirituales ancestrales de matriz africana, así como al lugar que el genocidio de mujeres conocido como la “caza de brujas” ocupó en el sistema esclavista colonial.

El final de Tituba, la novela, es el final que Marisé Condé eligió, como ella misma señala en el libro. Y allí, en esta decisión está otros de los poderes literarios con los que debemos aprender a dialogar si vemos la literatura como fuente histórica. No podemos olvidar que en la literatura como en el cine, las y los directores o escritoras pueden crear realidades; incluso cuando al final de la película nos dicen: “Esta historia sucedió en el año tal y en el lugar tal” o nos describen el destino de los protagonistas, es posible que esa historia jamás haya existido, esas son autorizaciones literarias que no podemos olvidar. En la literatura se pueden marcar trayectorias, cambiar destinos, desafiar ordenes impuestos a partir de la creación de aparentes ficciones. Ahora, aquí lo realmente importante no es el nudo discursivo en torno a si es o no ficción, más bien se trata de entender y descifrar qué, cómo y para qué se está representado lo que allí se representa, de qué preguntas, tiempos y tensiones nos están hablando.

Desafiar las fuentes históricas autorizadas.

 Es necesario desafiar las fuentes autorizadas para ir siempre más al fondo de la cuestión. Como cosechas de Huesos y como Tituba hay cientos de novelas históricas, de cuentos, de poesías que nos permiten, a través de la representación ver lo que jamás podríamos ver en la “literalidad” de las fuentes legitimadas y autorizadas por el saber experto de la disciplina histórica. Cientos de autores y autoras que nos permiten acercarnos a profundidades del pasado, en este breve texto mencioné tan solo dos, pero como ellas muchas más nos abren puertas y caminos en trochas para seguir pensando ese hoy que caminamos.

O como ya había mencionado en otro texto “Es importante y necesario dudar y sospechar de todo aquello que los historiadores consideran fuente verídica y rigurosa, es urgente escuchar nuestras historias, es necesario oír nuestros silencios, el texto que es tejido, que es trenza, que es cultivo; escuchar- nos en la cocina, debajo del palo de mango, en la esquina del barrio, escucharnos y buscar allí posibles respuestas históricas a los dolores sociales, políticos y económicos que todos los días nos golpean, pero también a las resistencias que somos o podemos ser. Las respuestas ya no están en ese “adentro-afuera” moderno, blanco y colonial, pues justo ahí es donde seguimos en el fracaso. Escucharnos es lo que hará de las historias una posibilidad de acción y cambio.” (Londoño; 2019; 347).

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La colonia dijo: mulata. Dicen mis raíces: afro-diaspórica. Me he decidido en piel y espíritu una indignada (activa permanente) contra las opresiones racistas, capitalistas y patriarcales. Dice mi Orí: responsable de nuestra historia, de situarme en ella y de hacer lo necesario y no sólo lo posible. En los códigos del occidente empapelado: una nacida en Colombia, historiadora y amante de la escritura situada. Y también integrante de Revista Marea.

One Comment

  1. Que interesante,dá ganas de leerlo inmediatamente. Ojalá todas esas informaciones llegará a la Comunidad Negra en un todo.
    Pero sé que más una de mis utopía al pensar en: Para todos.

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