Hacia un sistema de cuidados que valore los aportes y brinde mayor autonomía económica a las mujeres. Un análisis desde Colombia

FOTO: Ilustración por Cabro. Tomada de:https://www.marcha.org.ar/
Publicado en: 2020-10-27

La pandemia generada por el Covid-19 trajo muchas afectaciones para las mujeres, en la salud, en la generación de ingresos y en la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados. Las cifras no mienten. Entre junio-agosto habían en Colombia cerca de 11 millones de mujeres en inactividad laboral,[1]  1 millón 67 mil más que en el trimestre enero-marzo del presente año. Los datos del DANE (entidad oficial de las estadísticas en Colombia), revelan que el 64,8% de esas mujeres, están dedicadas a los oficios del hogar.[2] Es decir, que además de que un gran número de mujeres fueron despedidas de sus empleos, otras colombianas tuvieron que tomar la decisión de renunciar a sus trabajos para dedicarse a las labores del cuidado, en una situación de crisis, provocada entre otras cosas por el cierre de las escuelas, los colegios y otros sitios de cuidado.

La “decisión” de no participar mas en el mercado de trabajo está íntimamente ligada con la brecha salarial existente entre mujeres y hombres. Teniendo en cuenta que en general, las mujeres ganan menos que sus parejas hombres (en el caso de parejas heterosexuales), se entiende que quien debe dejar su trabajo es ella para cuidar a niñas(os) y otras personas que dependan de ella. Esto quiere decir que si no existiese brecha salarial, al interior de los hogares podría darse una conversación más justa sobre qué decisión tomar frente a la la división sexual del trabajo y más específicamente frente a los servicio de cuidado.

En la misma línea, las mujeres que pudieron seguir en sus trabajos remunerados, han visto reforzadas sus actividades laborales con ocasión del teletrabajo o trabajo en casa y cómo no, las labores del cuidado, realizando los oficios del hogar (los servicios domésticos remunerados aún siguen restringidos) y ayudando a los niños(as) con las clases virtuales, guías escolares, juego en aislamiento, entre muchas cosas más. ¡Es realmente agotador!

Desde las oficinas públicas encargadas de crear las políticas para combatir el desempleo y la no participación de las mujeres en el mercado laboral, conocen que la sobrecarga del cuidado es un tema fundamental y transversal para poder cerrar las brechas entre hombres y mujeres, pero entonces, ¿Qué estamos haciendo para disminuir esta inequidad?

Lo primero que hay que decir es que las actividades que contemplan el cuidado directo e indirecto[3] en nuestra sociedad son actividades para la vida que permiten que las labores productivas remuneradas se den. Todas y todos necesitamos comer, limpiar nuestros espacios, lavar la ropa. ¿Cómo sería nuestra vida si no tuviéramos estas necesidades resueltas?

Tristemente todo este trabajo no es valorado. La gente sigue diciendo con cruel cinismo que las mujeres que trabajan en el hogar “no hacen nada” cuando su aporte en conjunto a la economía colombiana se valora en un 20% del Producto Interno Bruto nacional (alrededor de $185 billones a precios corrientes de 2017)

Lo problemático de esta situación no es por supuesto que nos toque hacer oficio, cuidar a las niñas(os), enfermas(os) y ancianas(os), el problema es que no hay una distribución sexual del trabajo justa y que las mujeres seguimos cargando con toda la responsabilidad de labores que son fundamentales para el sostenimiento económico y social a escala no solo nacional, sino global. En el caso de Colombia, el DANE afirma que el 89,5% de las mujeres participan en actividades domésticas y de cuidado no remunerado y dedican 7:14 horas frente a 3:25 de los hombres[4] (ver cuadro 1). Al respecto Silvia Federici (2010) plantea, que con el nuevo sistema económico capitalista la reproducción del trabajador(a) comenzó a considerarse algo sin valor desde el punto de vista económico, e incluso dejó de ser considerada un trabajo si se realizaba en los propios hogares. La importancia económica de la reproducción de la mano de obra llevada a cabo en el hogar y su función en la acumulación del capital, se hicieron invisibles, confundiéndose con una vocación natural y asignándose como ’trabajo de mujeres’.”[5]

Cuadro 1. Población de 10 años y más, participación y tiempo diario promedio por participante en grandes grupos de actividades de trabajo no comprendido en el Sistema de cuentas nacionales, por sexo (septiembre 2016 a agosto de 2017)

Fuente: DANE – Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (2016-2017)

Una de las situaciones que está en concordancia con el hecho de que las mujeres sean las “reinas del hogar” es la disparidad en las licencias de maternidad y paternidad. Que las mujeres puedan estar con sus hijos e hijas cuatro meses y medio y los hombres ocho días, manda el mensaje de que los hombres no necesitan compartir el cuidado y crianza del recién nacido(a) y que él solo sirve para llevar el sustento económico. Esto articulado al mensaje simbólico que refuerza estereotipos patriarcales y que tiene implicaciones en la generación de ingresos. De acuerdo con Ramírez, Tribín y Vargas (2016) la ampliación del periodo de licencia de maternidad, sin ampliar la licencia de paternidad significó un aumentó de las tasas de inactividad, informalidad y el autoempleo de las mujeres colombianas con edades fértiles (18 a 30 años), frente a las mujeres de 40 y 55 años.[6]

La figura 1 resume un poco las políticas de cuidado que se pueden tener en cuenta en la construcción de un sistema nacional integral de cuidados y con base a esta información se hacen las siguientes reflexiones:

Figura 1. Políticas de cuidado

Fuente: Razavi (2007), citado por DNP (s.f. Documento en construcción)

  1. Como se observa, las guarderías y centros de cuidado para menores y adultos mayores son las acciones más comunes cuando se aborda este tema, pero no son las únicas. El Estado como regulador, orientador y proveedor de servicios, tiene en sus manos diversas políticas para fomentar el reconocimiento, la reducción y la redistribución del cuidado. Claramente es más fácil atender el cuidado, que el servicio doméstico, que aunque también esta recargado en las mujeres, no hay soluciones hasta ahora para que el Estado pueda también encargarse de él.
  2. Las medidas relacionadas con el empleo son medidas que cobijan a las personas que tienen una relación laboral formal con una empresa o empleador. En Colombia donde cerca del 47% de los ocupados son trabajadores informales[7], este tipo de medidas dejarán sin lugar a dudas a mucha de la población por fuera y su impacto será muy restringido. Por otro lado, nuestra débil democracia y el diálogo social, puede hacer que se precarice más el trabajo en Colombia, es decir, que con la excusa de implementar una política de cuidado como la flexibilidad de tiempo, el Gobierno logre aprobar proyectos laborales que van en contravía de la calidad del trabajo y los derechos laborales. Si bien se necesitan horarios flexibles o escalonados, estos no pueden ser establecidos, a costa de reducir las pocas garantías del trabajo decente y digno que todavía subsisten en el país.
  3. Con respecto a las transferencias de ingresos, estas tienen el problema de que fortalecen el rol desigual de la mujer madre y cuidadora y genera incentivos perversos para que esta relación no cambie. En Colombia hemos visto que las transferencias condicionadas como familias en acción, generan dependencia en las familias más empobrecidas que las reciben y hasta se han vuelto el fortín político de gran parte de los clanes políticos que tienen sumido a este país en la desesperanza.
  4. En la figura no se contemplan las acciones para el cambio cultural que propicie el reconocimiento familiar y social de este tipo de actividades y la necesaria redistribución al interior de los hogares, principalmente en donde hay hombres, pues no olvidemos que no todas las familias en Colombia son nucleares, de hecho 40,7% de los hogares tienen madres cabeza de familia. En este sentido, no es solo ampliar la oferta de servicios de cuidado (que en Colombia es bajísima), es profundizar los cambios desde la institucionalidad y las comunidades para que los oficios del hogar, que no están contemplados en estas políticas, no sea obligación exclusiva de las mujeres, y que otras actividades asociadas, también puedan ser realizadas por otros miembros del hogar (hacer tareas escolares, hacer las compras, recoger a los niños en guarderías, asear y vestir a dependientes, etc)
  5. Las escuelas y colegios son sitios para aprender y compartir, no lugares donde cuidan y vigilan a las y los niños. Por supuesto que muchas mujeres trabajadoras pueden asistir a sus trabajos, porque saben que sus niños están en el colegio en un periodo determinado de tiempo, pero es errado el enfoque en el que se está soportando la reapertura de los colegios donde personas vinculadas a la política, están interesados en que la fuerza laboral femenina regrese al mercado de bienes y servicios, al costo que sea. Su preocupación no está basada en si los niños y niñas principalmente los de familias empobrecidas que habitan la periferia aprehenden conocimientos útiles o no.

Actualmente, el Departamento Nacional de Planeación está construyendo un sistema nacional de cuidados para Colombia, tarea en la que esperamos ver resultados prontamente. De la misma forma dentro del Plan Distrital de Desarrollo de Bogotá, se aprobó el Sistema Distrital de Cuidado, con un presupuesto de 5,2 billones de pesos[8] que espera posicionar a ésta como la primera ciudad en Latinoamérica en tener un sistema de este tipo.

Esperamos que en el caso del Sistema Nacional, el DNP pueda construir una propuesta integral que tenga en cuenta la posición de diversos actores, principalmente de las cuidadoras, cuya desprotección social es alarmante. También de las mujeres negras afrodescendientes e indígenas, cuyas prácticas de cuidado están relacionadas con su cosmovisión y valores colectivos, características que han sido afectadas por el conflicto armado que ha permeado los territorios donde sus pueblos habitan de forma mayoritaria.

Esperamos también que sea un ejercicio técnico y riguroso, que aprenda de los errores y que se nutra de experiencias comunitarias que hay al interior del país, asi como de experiencias de otros países como Uruguay, que ya tienen implementado un sistema de cuidados en la región.

Con sistema de cuidados o no, el debate al interior de los movimientos feministas y de mujeres seguirá, apoyado por las herramientas de las economistas feministas que siguen profundizando sus análisis de cara a exigirle a nuestros Estados nacionales un país y unas instituciones más justas y conscientes, aunque bien sabemos que quizás para esto sean necesarias transformaciones más profundas y radicales.

Ilustración por Cabro. Tomada de:https://www.marcha.org.ar/

 

[1] La población económicamente inactiva comprende a todas las personas en edad de trabajar que no participan en la producción de bienes y servicios porque no lo necesitan, no pueden o no están interesados en tener actividad remunerada. A este grupo pertenecen las personas que son exclusivamente: estudiantes, personas dedicadas a oficios del hogar, personas pensionadas, personas jubiladas, rentistas, personas incapacitadas permanentemente para trabajar, personas que no les llama la atención o creen que no vale la pena trabajar. En este documento se usa la denominación de inactivas, para estar en sintonía con el DANE, aunque se reconozca que las mujeres que trabajan en el hogar están en constante actividad laboral, a veces más de la que deberían.

[2] Para más información revisar los anexos del DANE en: https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/mercado-laboral/segun-sexo

[3] El trabajo de cuidado directo es aquel que satisface las necesidades básicas de las personas en su vida diaria y en todos los momentos del curso de vida, en la que media una interacción inmediata entre dos o más personas. Dentro de este trabajo se incluye actividades que benefician a otra persona y requieren de su presencia e interacción inmediata para ser realizadas, por ejemplo, ayudarle a alimentarse, a asearse o a hacer tareas. Por otro lado, el trabajo de cuidado indirecto hace referencia a acciones que satisfacen las necesidades básicas de las personas en su vida diaria a través de cambios en las condiciones de bienes de consumo. Dentro de este trabajo se incluyen las acciones que benefician a otras personas y que pueden ser llevadas a cabo sin la presencia de aquellas personas a quienes este trabajo beneficia, incluyendo actividades de trabajo doméstico como cocinar, labores de mantenimiento de vestuario, o de limpieza y mantenimiento del hogar (DANE).

[4] El tiempo promedio por participante se obtiene de dividir el total de tiempo reportado en la actividad entre el total de personas de 10 años o más que realizaron la actividad en el día de referencia.

[5] Federici, Silvia (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de sueños.

[6] Ramírez, Natalia, et al. (2016). Maternidad y mercado laboral: El impacto de la legislación. En Desempleo femenino en Colombia. BID, 2016

[7] DANE – GEIH (periodo comprendido entre diciembre de 2019 y febrero de 2020)

[8] Para más información: https://bogota.gov.co/mi-ciudad/mujer/el-sistema-distrital-de-cuidado-un-logro-historico-para-las-mujeres

Print Friendly, PDF & Email

Caqueteña afrofeminista. Economista de profesión y activista del movimiento afrodiaspórico. Soy cofundadora de la Asociación Colombiana de Economistas Negras, integrante de la Colectiva Matamba Acción Afrodiaspórica y miembro del equipo base de la Revista Marea. Convencida de que un mundo mejor es posible

3 Comments

  1. Excelente artículo con un análisis muy contundente.

  2. Excelente artículo con un análisis contundente para estas épocas de crisis.

  3. Excelente, gracias por el análisis!!!

Deja un mensaje

Tu email no será publicado. Los campos requeridos están marcados *

3 Me gusta
0 No me gusta