Cuando lloro

FOTO: Debir Valdelamar
Publicado en: 2020-09-13

Cuando lloro, lo hago siempre en silencio, no sale una sola vocal de mi boca, las lágrimas se deslizan por mis mejillas, cara y cuello, mi corazón se ahoga y contemplo con un profundo dolor aquella insensibilidad de mi llanto. Otras veces (podría contarlas), se me da por llorar a gritos terribles, me golpeo la cara, me pegó a mí misma, durante cinco minutos sería digna de un hospital de urgencias psiquiátricas y luego me calmo. Me reseteo, me digo. Esas pocas veces, sé que no estoy llorando por el momento puntual.

Lo que más odio de mis lágrimas insensibles es volver a ser la niña de 12 años que con vergüenza lloraba durante días una agresión sexual. La niña que se escondía en la luz de su casa a llorar en silencio y a solas para que nadie descubriera el dolor profundo que había en mí. Y entonces, ahora adulta sigo llorando así, en posición fetal, tapándome la cara con las manos, en cuclillas, mordiéndome las rodillas mientras las lágrimas me recorren el cuerpo una tras otras. Es una sensación incómoda de lugar conocido que de alguna manera me gusta.

Me sigue dando vergüenza llorar y sin embargo lo hago todo el tiempo. Me da muchísima pena que me vean llorar. Porque nunca creí que tenía derecho, porque no puedo desmoronarme, porque sólo cuento conmigo misma y si yo lloro ¿quién me ayuda? Si yo me deshago, ¿con quién cuento?

Hace seis meses, mi psicólogo, me dijo, que la idea de mujer fuerte que tengo de mí misma y de la que tanto orgullo siento, es en realidad una herida no sanada de la infancia. Porque la única vez en la que necesité ayuda luego de ser agredida sexualmente, en la que hablé, en la que conté mis problemas y dificultades, no se me ayudó como esperaba ser ayudada. Y entonces, decidí (in)conscientemente que la única persona capaz de resolver mis problemas era yo misma.

Ese reciente descubrimiento me llena de ira, porque cuando creía haber superado completamente mi agresión sexual, ella, él, reaparece como un fantasma que ha determinado al menos el 70% de mi personalidad. Nunca había visto la relación entre una agresión sexual y la no expresión de mis sentimientos, mi incapacidad adulta de pedir ayuda, mi ostracismo cuando de problemas se trata, el andar buscando parejas a quienes cuidar como (mi niña del pasado) esperaba ser cuidada y la sensación (subjetiva) constante de no recibir amor/cuidado recíproco a cambio.

Me llena de ira porque no es que no necesite ayuda, no es que no me gustaría poder hablar de mis dificultades con los demás, no es que yo sea valiente, es que en un momento de mi vida creí que todas las personas eran iguales a mis papás. Y me disgusta seguir creyendo lo mismo hoy. A mis 13 años construí una lógica según la cual si las personas que están en el mundo para cuidarte como más esperas no lo hacen, porqué alguien más tendría que hacerlo. Y así me fui por la vida impidiendo que otros me cuidaran, incapaz de ser vulnerable, y haciendo de mí la única persona en quien podía confiar. ¡¿Qué mierda, no?!

Durante años, reproché a mi papá no haber hecho las cosas que esperaba que hiciera por mí. Le reproché no haber sacado a mi agresor de la casa. Lo odié, lo analicé y sabía cómo el patriarcado había operado en él para que decidiera cuidar de mi agresor y no de mí. Años después lo hablamos y con todo el amor que le tengo, lo perdoné.

La ira que siento hoy es conmigo misma porque después de entender cómo un evento de la infancia determinó mucha parte de quién soy, aún no sé cómo deconstruir la que pensaba era mi mayor cualidad: mi fortaleza-coraza. No sé por dónde se empieza a ser vulnerable y cuando lo intento de manera consciente me cuesta un montón. Ante la primera dificultad, salgo corriendo. Recojo mis sentimientos, mis cosas y me voy. Y me creo la más fuerte del mundo y me digo tontamente: “así ha sido toda la vida, bebé. Estás sola y sola te las arreglas muy bien”. Y me cuesta tanto porque estoy convencida de que ese “arreglármelas sola” ha funcionado perfectamente y me hace sentir poderosa.

Siento ira porque no quiero sentirme poderosa gracias a una agresión sexual. No quiero. No puede ser que ello determine la persona que soy, cuando me he pasado toda mi vida intentando superarlo. Cuando lo creía superado. Porque ahora que las secuelas físico-traumáticas no están más, resulta que me toca lidiar con las secuelas psicológicas. ¡Vaya sorpresa!

Es por ello que ando (más mal que bien) en un ejercicio de destruir mi fortaleza[1]. Así que, semanas después de la revelación de mi psicólogo, llamé llorando a mis papás para decirles que tenía miedo, que estaba cansada, que estaba siendo súper duro este momento de mi vida, que estaba cansada, que estaba triste, que no podía más, que necesitaba un consejo. Era la primera vez, después de 15 años que abría mis sentimientos a mis papás esperando que me cuidaran. Fui vulnerable. Y no es que mi vida haya cambiado después de eso o que ellos me hubiesen brindado una ayuda desmesurada. No, nada. Ellos fueron mis papás e hicieron lo que me supongo hacen los papás, me consolaron, me aconsejaron, me calmaron y me hicieron sentir mejor durante 15 minutos.

Me digo que quizás debía tomarme la mitad de mi vida llegar hasta aquí, volver al lugar de mi infancia que sigue rompiéndome el lomo por más que haya intentado alejarme de él. Siempre se trata de una ¿No? Estoy intentando elegir diferente, tomar decisiones distintas a las que mi niña tomó. Estoy intentando entender cómo esas decisiones afectan la persona que soy hoy. Estoy intentando vivir el momento presente consciente de la relación entre mis reacciones cotidianas y el pasado.

Sin embargo, por el momento, solamente puedo hacer consciencia de ello, no sé cómo modificarlo. ¡Qué mierda sobre todo cuando yo me creía la más libre de mi pasado! Cuando ni siquiera recuerdo quién era yo. Cuando creía profundamente que el feminismo, el amor, el trabajo en organizaciones de mujeres y la epistemología me habían ayudado a sanar mi infancia. ¿A dónde tengo que ir ahora? Ni puta idea.

[1] De hecho, por si no se la han pillado, este texto también hace parte del ejercicio.

Foto principal: Elsa Simon.

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Melómana sin fronteras, hacedora de lo que me brinca de la pepita, aprendiz de la toma de decisiones y trabajadora de mi intuición. Negra, lesbiana y en separaciones.

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