Nuestras abuelas

FOTO: Bruno Barbey, 1986 en El Aaiun, Sahara Occidental.
Publicado en: 2020-05-14

“Cuatro veces ha venido en sueños a buscarme.
Una rodeada de niñas, sonriéndome como quien quiere darme envidia.
Otra cosiendo y riendo como quien quiere compartir conmigo.
Otra, en libros como quien quiere transmitir conocimiento.
La última, repitiendo otras palabras que ya me han dicho, la amana”.

La guerra en el desierto no te deja nada. Te obliga a huir de los sitios con agua. Rompe la calma de vivir en la intemperie y te obliga a aglutinarte. Pierdes el ganado y poco a poco se acaban tus abastecimientos. La tierra sola, sin agua, no da nada. Nosotras somos hijas de las nubes pero las bombas no nos dejaron seguir nuestro camino, nos condenaron a huir de él.

Así que pobres, sin ganado y con lo poco que quedaba de una vida entera de pastoreo nos presentamos primero en Zuerat y después en Nuakchot. Nuestras tierras habían sido colonizadas por los españoles antes de que llegase Hassan con su década de hierro. Pero español aprendimos poco porque los españoles no pasaron más allá de los fosfatos y las playas, y nosotras somos de desierto, de buscar oasis de paz donde alimentar a las camellas y beber su leche.
Pero los franceses colonizaron 7atta lhassania en Mauritania, así que no tuve más remedio que aprender francés para ponerme a trabajar.

Soy la pequeña, por eso y por mujer, era yo la que siempre estaba con mamá en la jaima haciendo de la precariedad dignidad, mientras mis hermanos pastoreaban y comerciaban con el poco ganado que nos dejó papá antes de casarse al norte.

La pobreza agudiza el ingenio, ser mujer en una sociedad patriarcal, también. Mis dos hermanos mayores veían innecesario que invirtiese tiempo en mi educación, así que no me colaboraron en nada más que en presentarme a un primo que mantendría nuestra jerarquía tribal y mi precariedad intactas. Supongo que querían que siguiese resistiendo, siempre resistir. Pero yo sabía que las mujeres del Frente Polisario se estaban formando en mitad de las trincheras, incluso montaron una escuela-campamento, el 27 de Febrero. La directora era mi prima, así que aproveche esos referentes. “Sí, aprenderé a leer como lo están haciendo todas las saharauis”, respondía.

Estuve menos de un mes casada, una mujer sabia me advirtió, “no tendrás hijxs con este hombre, si tú corazón no está tranquilo, tu vientre no te dará hijxs”. Así mismo se lo expresé a él, “si no es conmigo, me encargaré de que tampoco sea con otro primo” me respondió su ego herido, cómo si se acabasen los hombres 3andhum. Se marchó y se llevó su ajuar.

Empecé a leer y a escribir con las hijas de la vecina. Su poder adquisitivo sí les había permitido acceder a la educación reglada, la alianza de su padre con la colonia les dio pasta pero les quitó nombre dentro de la comunidad saharaui.

Cuándo fui capaz de entender todo lo que decían por la radio, comencé a buscar trabajo.
La amiga de la amiga de una prima limpiaba en la embajada de Senegal, dijo que allí les hacía falta alguien que supiese árabe y francés, sentí que era yo. Sin decir nada a mamá, porque augurar antes de hacer no es menester, allí me presenté. Empecé traduciendo documentos. En pocos meses terminé siendo la secretaria del embajador de Senegal en Mauritania.

Mantener el ganado en tierras ajenas no es fácil, mis hermanos tenían problemas todos los días para pastar y pronto dejamos de tener leche. Los ingresos de mi trabajo nos ayudaban más que nunca.

Mi madre siempre había confiado en mí, aunque su silencio me hirió muchas veces, también me protegió siempre. Mi hermano mayor volvió al norte con su ganado, el mediano se quedó a cuidarnos o a que lo cuidáramos.
Mi familia procedía de la zona sahel que los colonialistas denominaron Sáhara Occidental, nosotras no habíamos salido nunca de la comodidad de estar con los nuestros, de tener el poder de decidir a dónde dirigirnos o dónde pastar. Es más, tenemos enterrados a nuestros muertos a lo largo y ancho del territorio.

Cuando nos movíamos, si encontrábamos vecinos bastaba con presentarnos y ser consciente de los recursos que necesitaba nuestro ganado, teniendo en cuenta el ganado vecino. Pero lo cierto es que solo nos movíamos en años buenos, después de las lluvias, entonces todas estábamos contentas. Pero ahora era diferente, las familias se movían por el hambre y las guerras que habían traído las colonias consigo. Todas andábamos desconfiadas. Se suponía que se habían terminado, que era el fin de una era. ¿Qué vendría ahora? Argelia y Mauritania salieron del yugo francés, quedamos las saharauis engullidas por Hassan y Juan Carlos.

La tensión seguía, la guerra de guerrillas avanzaba. Todos los días teníamos noticias en casa. El frente necesitaba recursos, necesitaba a la gente, a la comunidad. Mi madre mandó a buscar a mi hermano mayor, le dijo que se dirigiera con el ganado hacia la hamada y que lo entregara a lxs guerrillerxs del polisario. “No vamos a dejar que nuestra familia se muera. Estamos donde estamos gracias a lo que somos, y somos saharauis. Con los ingresos del trabajo de Alhala u jer mulana es más que suficiente.” Entendí entonces que mi trabajo no solo me daba independencia económica o comodidad social sino que nos daba poder de decisión a mamá y a mí. Nuestra decisión estaba clara, colaborar con el Frente de Liberación Popular de Sagia Lhamara y Río de Oro.

Foto principal: Bruno Barbey, 1986 en El Aaiun, Sahara Occidental.

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(Decolizando-me junto a mis compañerxs.)

Feminista comunitaria antirracista. Hedonista intrínseca, antes suicida que psicópata social. Esperando la primavera en la que todos los coños florezcan y se feminice la política.

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