La danza perfecta

FOTO: Ana María Trujillo. Palacio de Bellas Artes. Manizales
Publicado en: 2020-04-11

Hace muchos años leí un cuento de Mark Twain que se llama “El extraño misterioso”[1]. He olvidado casi todos los detalles, pero recuerdo una historia que iba más o menos así: en un pueblito perdido entre montañas, un ángel llamado Lucifer se aparece ante unos niños en un bosque (Lucifer, les advierte, es un nombre impopular pero algo frecuente entre los ángeles). Cuando uno de los niños cae gravemente enfermo, sus amigos le piden a Lucifer que lo ayude y éste accede. Poco tiempo después, el niño muere; indignados, sus amigos le reclaman al ángel, que, desconcertado, les dice que hizo justamente lo que le pidieron. Él sabía que, en caso de sobrevivir, la vida del niño y la de su familia serían una sucesión insufrible de desgracias.

En 2016, mi sobrina Elisa murió 7 días después de nacer. Aunque nació prematura, al comienzo no concebimos ese desenlace. Los pronósticos comenzaron a empeorar día a día. Recuerdo la sensación difusa que me acompañaba, mis intentos de procesar. Por pura necesidad, la noche de su partida fui diseccionando mi dolor y mi tristeza. Contrasté lo que pasó con lo que deseaba; nunca vi a Elisa, pero desde que supe que venía había imaginado a una niña rubia, cachetona y sonriente dando tumbos por la casa. Identificarlas como proyecciones me ayudó a desprenderme de la vida imaginaria de Elisa para reconocerla como lo que fue: un alma con una misión especial y un poder tan tremendo que le bastó una semana para completarla.

En su breve y definitivo paso por nuestras vidas, Elisa logró que un gran número de personas más o menos dispersas nos hiciéramos una constelación que vibraba junta por un mismo motivo. El despliegue de amor, el dolor compartido, la solidaridad inmensa nos revelaron la fuerza de nuestros vínculos. Mi hermana, sabia, también supo desentrañar esa visita, abrirse a recibir el regalo en la pérdida. Elisa le ayudó a revisar su vocación y su propósito. Después de pasar años en el mundo corporativo, “salió del closet esotérico”, como suele decir,  acompaña procesos de duelo y de vida consciente y encontró un nuevo camino a una nueva maternidad. Hace poco celebraba el cumpleaños de su hija con estas palabras contundentes: “Este es mi testimonio. Cuando nos permitimos atravesar el dolor, decidiendo quienes queremos ser, en lugar de dejar que lo que nos pasa nos defina, el resultado es una luz y un amor tan grande que nunca nos lo habríamos alcanzado a imaginar.”[2]

Me sirvo de estas dos historias para resaltar lo limitada que es nuestra perspectiva, lo apresurado de nuestros juicios, lo íntimamente trenzadas que están siempre la tragedia y la revelación. No sobra saberlo, aunque tampoco basta con saber. Las palabras, aunque tienen siempre un poder maravilloso, nunca se corresponden del todo a lo que nombran. Y sin embargo, escribimos.

En este presente tan desafiante para todes, me he hecho consciente de lo inadecuado que puede ser decirle a alguien qué hacer, no solo porque desconozca los contextos particulares, sino porque cada día compruebo que no hay asideros incuestionables, prácticas infalibles ni fórmulas mágicas para lograr nada. Desde esa claridad, decido igual compartir algo de lo que yo he aprendido y experimentado, en caso de que pueda serle útil a alguien en este momento. Adhiero a la advertencia de los buenos maestros: no me creas, experiméntalo.

Perspectiva cósmica, pertinencia local. La era de la auto-maestría

Una de las cosas que más me sedujo de Kundalini Yoga fue entenderlo como un entrenamiento para los tiempos de crisis. Encontré la práctica “por casualidad” cuando atravesaba la tormenta de una ruptura, una mudanza, padecía las angustias de mi constante inestabilidad laboral y una eco-ansiedad creciente. Como mi profesora era también mi vecina, nos quedábamos charlando después de la clase. En una de esas conversaciones mencionó que había manuales y prácticas específicas para la escasez de agua o para sostenerse en tiempos de histeria colectiva y desastres naturales. El grado de especificidad me fascinó. No era ese yoga light vive tu presente come-reza-ama y posa para instagram; era una preparación para atravesar lo que ya no era una distopía, sino una evidencia 4D, 24/7: el colapso climático, la pandemia de enfermedades mentales, la avalancha de evidencias de todo lo que hay de abusivo, despótico, violento y depredador en nuestra cultura. Los estragos de una era oscura.

Todo lo que he aprendido y experimentado desde entonces, en mi propia formación y práctica, ha hecho enorme sentido para mí[3]. Ha sido particularmente útil abrigar la posibilidad de que hay ciclos mucho más complejos y largos que los que abarca la historia como la conocemos. En las enseñanzas yóguicas, este es un momento de transición. Estamos despertando del que podríamos entender como un invierno de la conciencia, cuya expresión más esencial es la separación (en todas sus dimensiones y sentidos), y las consecuencias son las múltiples formas de abuso y explotación que hoy conocemos de sobra. El yoga como disciplina propone unas técnicas de equilibrio y de búsqueda de esa unidad que todo lo sostiene y que siempre está ahí, aún cuando más nos cuesta sentirla. No es el único, pero ha sido mi camino de reconquista de esa confianza en la vida y sus pulsaciones perfectas. El entrenamiento para reconocer y abrigar la primavera que duerme pacientemente en el corazón del más crudo invierno.

Otro de los enormes aprendizajes derivados de esta práctica es la observación de la mente y su funcionamiento. Hay una analogía que me gusta mucho: si nuestro ser fuera una empresa, ¿cuál sería el cargo de la mente? Muchos hemos creído –creemos– que la mente es la presidente, la CEO, la que toma las decisiones. Pero su función es la del relacionista público: cuenta la versión oficial, la verdad que se acomoda a una imagen corporativa (o a un ego). Una hábil confeccionadora de mentiras presentables o de verdades parciales. En las enseñanzas yóguicas se habla además no de una, sino de tres mentes funcionales: la mente negativa, que ve riesgo y sirve para proteger; la mente positiva, que ve oportunidad y sirve para proyectar, y la mente neutral, que es la que se desarrolla con la meditación y nos permite ponderar y asimilar la información de la polaridad y decidir, no ya en clave de miedo o de entusiasmo, sino desde una perspectiva completa  y alineada con la verdad profunda del corazón. Meditar es crear un espacio de observación en el que se va tomando distancia de la identificación con la mente o cualquier cantidad de características cambiantes de la vida. En ese ejercicio se descarga el subconsciente, donde acechan narrativas derivadas de las primeras experiencias, las heridas de la infancia, los dolores del alma: patrones mentales que “filtran” la percepción de la realidad y desde donde se toman las decisiones que la mente elabora y justifica.

Nunca es tarde para abrirnos a la certeza de que creamos nuestra realidad. Se requiere mucha humildad para reconocer que el mundo que se ve afuera es un reflejo del que se ha cultivado adentro. Ante cada reacción que produce el “afuera” –indignación, rabia, ansiedad, miedo– invertir la mirada; desandar el laberinto hacia adentro, el croquis de los desafíos personales. He aprendido a reconocer la belleza de las paradojas, y esta es especial; entre más te desentrañas, entre más te conoces, mayor es tu disposición para comprender a los y a las demás, para cambiar juicios y críticas por compasión y empatía. Estamos sanando. Tenemos puntos ciegos, dolores que se ramifican en un sartal de comportamientos inconscientes. Todes resentimos, de una u otra manera, el peso de nuestro ritmo insostenible. Nos dopamos, nos anestesiamos y nos evadimos con una u otra sustancia, creencia o hábito malsano que es perfectamente funcional al sistema que criticamos. Señalamos culpables, héroes y villanos, desconcertados cuando el héroe suelta la capa e incapaces de reconocerle una virtud, por más evidente, a los malos de nuestra historia. Ahí, en el cruce de señalamientos, brilla la mente en su eterno desdoblamiento de la polaridad. Ahí aprieta la separación.

“Si supiera que un virus podía convertirse en una fuente de sensatez y conciencia, hace rato les habría dado uno –bromeaba Sadh Guru[4] en una alocución reciente–, esto no es cuestión de risa, pero si pierdes tu risa, el virus no se irá.”  Habría que abrazar las paradojas, validar cada experiencia, cada luz y cada sombra por lo que son. El virus (pero vamos, la vida) revela y magnifica privilegios, atropellos, indolencias, ingenuidad, crueldad y codicia, pero también solidaridad, creatividad, aguante, entrega. Todo es cierto, pero nada es definitivo.

Juzgar es, en últimas, un ejercicio estéril. No importa cómo, pero con certeza harás un mejor uso de tu energía y de tu tiempo explorando, asumiendo y validando tu propia experiencia que forzándote a seguir (o desgastándote en criticar) la de alguien más. El bienestar no lo otorga una práctica, una militancia, una teoría, una instrucción específica. Habrá tantos caminos como almas, porque a la final todo es susceptible de funcionar cuando la fe se alinea con la proyección, la disciplina y la voluntad. Cuando la experiencia es genuina para ti misme.

Hace unos meses nos uníamos en un llamado a Paro Nacional. Hacemos marchas y plantones invocando la caída del patriarcado, denunciamos lo inhumano del capitalismo, exigimos el desmonte de las estructuras represivas, condenamos el paradigma extractivista y depredador.

Hoy un virus logra lo que el entusiasmo no pudo, y paramos. ¿Comprendemos realmente lo que implica una transformación  social, económica, política? ¿Encontramos las correspondencias entre ese reflejo exterior y nuestras propias conductas?

Este cambio, anhelado y necesario, no puede virtualizarse ni abstraerse de cada cuerpo, de cada cotidianidad. Sea cual sea tu circunstancia, la narrativa que te hayas hecho de ti y del mundo, ábrete a la oportunidad de observarte y cuestionar en dónde has sembrado tu energía, de qué depende tu estabilidad, cómo te alimentas, qué alternativas has contemplado, propuesto y adoptado en tu vida respecto a las dinámicas de consumo y explotación, cómo cuidas de ti y de otres. Cuáles de tus hábitos expresan separación, cómo entiendes y practicas la unidad. Qué tanto confías en ti y en tu poder de creación y manifestación.

Todas tus decisiones, conscientes o inconscientes, te tienen justo donde debes estar. La transformación no es automática y, para ser colectiva, debe primero ser personal. Amo este aforismo de Kafka: “en el combate entre tú y el mundo, secunda al mundo”. Disolver el antagonismo (la ilusión de separación) es abrirse a la sacralidad que hay en todo, incluso en lo más oscuro. Confiar en lo que no se explica, en lo que no se entiende. Abrazar el misterio, la perspectiva que, de tan amplia, nos desborda. En contraste, comprometerse a actuar de manera pertinente e implacable en lo local, en lo cotidiano. Arraigar nuestra fe en la danza perfecta de la oscuridad y la luz. Asumirnos creadoras y creadores conscientes de un mundo a la altura de nuestro anhelo; este es el camino de la consciencia.

https://www.youtube.com/watch?v=JTSRRbajvxk

Foto principal: Ana María Trujillo. Palacio Bellas Artes. Manizales.

[1] Mientras sigo rumiando este texto encuentro la última columna de Carolina Sanín, publicada en su Facebook ante el cierre de Arcadia, que comienza haciendo referencia a este mismo texto de Twain. No significa nada, o significa todo. La vida para mí es ese juego de las conexiones, las creamos fortuitas o reveladoras.

[2] Pueden buscar su proyecto en redes como Silvia Trujillo HOY.

[3] Este año, gracias a la publicación de las memorias de una de las secretarias personales de Yogi Bhajan, maestro de kundalini yoga, han salido a la luz múltiples relatos de abuso sexual, corrupción y maltrato por parte de él, en sus organizaciones y su círculo cercano. Como practicante y profesora de kundalini yoga, quiero dejar constancia de que estoy al tanto, sigo investigando las noticias y reflexionando sobre las implicaciones que esto tiene a nivel ético para mí. Tengo el compromiso de escribir muy pronto al respecto, pues encuentro aprendizajes muy valiosos no solo para quienes tenemos una relación directa con estas enseñanzas, sino para la humanidad en general.

[4] Maestro Yogui, cabeza de la Fundación Isha, una organización sin fines de lucro que ofrece programas de yoga en todo el mundo​ y participa en actividades de divulgación social, ​educación​ e iniciativas medioambientales.​

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Me formé como socióloga en la Universidad Nacional y trabajo en diferentes proyectos sociales y culturales apoyando temas editoriales y de comunicación. Me dedico a poner en práctica, compartir y difundir proyectos, herramientas y experiencias que potencien la creatividad, la sensibilidad y la conciencia.

3 Comments

  1. Espectacular escrito!!!! Felicitaciones

  2. Dios que manera de escribir!!! Quede extasiada leyendo cada palabra !!! Gracias ! Hace tiempo no disfrutaba tanto!!!

  3. Wow gracias por compartir esas palabras tan intencionadas y bien recibidas, sin duda, a través de ellas podemos ayudar a otros a entender o ver lo que nos sucede de otras formas. Yo personalmente me identifico con la pérdida y lo que hacemos de ella. Excelente!

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