Blackface y violencia física en la marcha del orgullo LGBTIQ+ en Bogotá. Mis palabras luego de una nueva agresión que yo no elegí

FOTO: Obra Visión de Ébano De Thomas Blackshear (1)
Publicado en: 2019-07-07

He nacido en un lugar del mundo que no elegí, en un tiempo que no elegí y en un cuerpo que no elegí.

A lo largo de mi vida fui experimentando hechos que me hacían sentir muy diferente al común denominador de la gente, una diferencia que no era posible ocultar, así lo quisiera en algunas ocasiones. Mi casa era un lugar seguro, pero una vez al exterior todo cambiaba, las personas con sólo verme me atribuían elementos sin siquiera conocerme, asumían saber sobre mí, saber mi procedencia, mis gustos, mis saberes y hasta mi personalidad.

Soy una mujer negra resultado de una relación interracial que nació en la cuidad de Bogotá, y si pudiera elegir, hubiese elegido esto mismo mil veces más. Con el tiempo fui entendiendo que más allá de ser mujer, y de ser negra, había crecido en una cuidad mayormente mestiza, diversa pero conservadora, señaladora y no muy incluyente, carente de sensibilidad. Lo entendí desde pequeña, cuando todo de mí era curioso para los otros niños y niñas, me sentía examinada y analizada visual y tácticamente por quien se le antojaba acercarse a mí. No sentí alguna violencia directa en ese entonces, y me era natural que llegara el día de la afrocolombianidad para que ‘resaltaran mi diferencia’, y pasar al frente para que la me gente aplaudiera por ser esto, lo que soy y con lo que nací.

Con el pasar de los años, con el crecer, con el pensar y el experimentar, empecé a evidenciar la existencia de sistemas de opresión en la vida que había tenido siempre; tuve curiosidad y emprendí camino hacia los textos asociados con lo femenino, y luego con lo negro. Caminé y caminé por historias como la mía, sentí empatía, sentí afinidad y me quedé refugiada en los relatos de personas poderosas que me iban a inspiraron para siempre. Tuve las mejores conversaciones y los mejores sentires entre lo que me traían a la mente, el recordar las luchas de otros y otras por la libertad, no sólo de los cuerpos, no sólo de las mentes, sino también de las almas.

Me sentí afortunada muchas veces por poder obtener conocimiento, por poder informarme, por poder tener el tiempo, por poder expresarme y ser escuchada, por poder hablar de esto con mi mamá, que, aun no siendo una persona negra, me apoyó y entendió siempre mi posición. Me sentí desafortunada muchas veces por tener que cumplir expectativas de la gente como bailar, hacer trenzas, o aprender a cocinar, también lo sentí cuando al caminar en la calle con mi cabello afro recibí burlas y comentarios, cuando había sido un proceso difícil conmigo misma lograr salir así.

En esa dicotomía de sentirme afortunada y desafortunada entendí que había mucho que hacer para sentirme tranquila, pero que también tenía muchas herramientas con qué hacerlo. Mi vida cambió para siempre, incluyendo mis gustos, pasiones, amigos y espacios en los que me sentía yo, mi ser; y mi personalidad empezó a girar en torno a esto, pero no como ellxs pensaban al principio, sino como yo me construí a partir de cómo me juzgaron.

Desde hace un tiempo, y luego de entender que el sistema muchas veces hace de la gente lo que es, me cuestiono todo lo que hago, no quise seguir siendo un individuo que asume lo que le mundo le da. Empecé a cuestionar lo que era, lo que tenía, y como lo tenía, lo que comía, en lo que creía y para dónde iba.

Ha sido un camino largo con muchos enfrentamientos conmigo misma y con los demás. Entendí que tenía que perder y ganar. Y para ganar tranquilidad tuve que dejar mucho de mi pasado: personas, espacios y situaciones tóxicas que sólo obstruían mi camino hacia la tranquilidad de ser como se me antoja, de fluir.

Blackface[1] en la marcha del orgullo LGBTIQ+ en Bogotá 2019

En este camino de resistencia, me estrellé con personas que no creí existentes, carentes de todas y cada una de las formas de respeto, por los demás y por sí mismas. Hace poco enfrentamos algunas y hasta ahora estoy procesando cómo sentirme al respecto, tengo sentimientos encontrados, pero empiezo a entender de manera más directa lo difícil que fue para todxs lxs personajes que admiro, el resistir.

El domingo 30 de junio sentí que sería un buen día, estaba ansiosa por ir a la marcha del orgullo LGBTI+ en Bogotá por tercera vez en la vida. Recordaba la marcha como una fiesta y una celebración de lo que mueve a la gente, el poderío, la lucha, el amor.

Me incorporé a la marcha a las 3:30 de la tarde, con una amiga, se sentía bien ver tanta gente en disposición de hacer éste día especial. En un momento me salí de la ‘caravana’ para buscar a mi amigo, Joaquín, quién acababa de llegar, luego de contactarme con él, lo esperé frente al Almacén Éxito del centro comercial San Martín – Habíamos planeado nuestros atuendos desde el día anterior, como una apuesta simbólica para nosotros, iríamos vestidos de negro. “El negro va primero” nos dijimos- cuando nos vimos nos abrazamos fuerte y nos alagamos por nuestras pintas porque nos sentíamos muy “black power”.

Luego, caminábamos hacia el final del cortejo cuando vimos una comparsa de personas pintadas de negro, fue demasiado sorpresivo para nosotrxs, y lo identificamos inmediatamente como “black face”, habíamos hablado de esto tantas veces y nunca imaginamos verlo, y menos en un espacio como esta marcha. Joaquín se acercó sin pensar, gritó muchas veces “black face”. Era notable su descontento. Estas personas le bajaron a la música para oír lo Joaquín decía, pero al escuchar que no era a favor de ellxs, refutaron sus señalamientos. Él dijo que eran unos racistas, ellos dijeron que lo que estaban haciendo no era más que una representación cultural y tradicional, que ellos también eran Caribe. Se burlaron, gritaron, le subieron el volumen a la música y siguieron su camino.

Yo alcancé a grabar un poco de ello, procedimos a alejarnos y a hablar del tema con mucha decepción, llamamos a Abad -otro amigo- con quien íbamos a encontrarnos y le contamos lo sucedido. Nos dimos como punto de encuentro el mismo centro comercial (San Martín) donde estaba aparcado un bus al cual se estaban subiendo las mismas personas con las que nos habíamos confrontado hace unos minutos, nos acercamos con disposición de hablar de los hechos y la ofensa que nos parecía que estuvieran haciendo black face.

Empezaron a refutar todo lo que decíamos, fueron agresivos con las palabras, no tuvieron disposición de escucha. Ambas partes estábamos discutiendo, cuando de un momento a otro apareció un hombre (también pintado) quién golpeó en la cara a mi amigo, él como pudo se defendió y logró alejarse, los demás personajes que lo acompañaban se bajaron del bus, nos gritaron y arrinconaron hacia una pared. En algún momento el mismo hombre lanzó su mano hacia mí, halando mi cabello afro hacia él en un intento de tumbarme, probablemente si no lo hubieran detenido también me hubiese golpeado. No respondí de ninguna manera, ni verbal ni física, estaba procesando lentamente cómo había pasado todo esto. Intentamos alejarnos rápidamente, recogieron unas gafas que se le habían caído a mi amigo y nos tiraron una botella de agua intentando golpearnos.

Nos acercamos a tres personas que habían visto todo, las cuales nos preguntaron si estábamos bien y nos aconsejaron escondernos, pues el bus iba hacia donde estábamos, Joaquín y yo atravesamos la calle y nos hicimos detrás de las columnas de un edificio para que cuando el bus pasara no nos vieran. Cuando se fue volvimos al lugar e intentamos escampar de la lluvia mientras llorábamos por lo sucedido. Nos sentimos solos, vulnerados y muy afectados, Joaquín sangraba, intentamos limpiarle la cara (también untada de pintura negra) y entramos al centro comercial San Martín donde nos encontramos con Abad, y nos sentimos un poco más seguros. Me fui de ese lugar y al llegar a casa hablamos de lo pertinente que era darnos tiempo para asimilar todo lo sucedido, sentimos respaldo de muchos amigos, pero también sentimos miedo de que lo que acaba de sucedernos tuviese consecuencias sobre cómo nos sentimos en ciertos espacios.

Situaciones como estas me han dejado mucho en qué pensar, en cómo todo lo que soy y he aprendido puede contribuir a no llegar a esas circunstancias de nuevo. Siento que actuamos bien en todo lo que hicimos, pero no esperamos que la respuesta fuera esa, por exigir respeto a lo que somos y sabemos, por exigir respeto a nuestra grandeza y dignidad. Es absurdo como algunas personas que no habitan cuerpos negros, sienten poder para opinar sobre ellos.

El black face más allá de lo ridículo que resulta para mí, es históricamente grotesco, esta práctica folcroriza, burla, ridiculiza y estereotipa a las personas y pueblos negros, así mismo como yo no soy lo que ellxs asumían de mí, las personas negras en general, no somos lo que asumen, creen que nos conocen que saben cómo somos, lo que nos gusta, y como actuamos; suponen que somos una masa de gente homogénea, a la cual pueden “representar”, que seguimos siendo los bufones esclavizados de la colonial, que somos gestos ridículos para su diversión, probablemente sus mentes colonizadas aún no entiendan lo ofensivos y violentos que son.

A veces siento compasión por ellxs, en general la gente que es violenta carga con energías muy complicadas, probablemente mucho de su odio destile de sus frustraciones, en realidad quisiera entender, al final no soy la única que no eligió nacer donde nació (cuerpo, espacio y tiempo). Hoy luego de esto solo espero que algo pase, que se siente un precedente, y que tengan claro que, si no nos dan respeto, lo exigiremos, el mundo tiene que ser un lugar seguro para todxs.

Y reafirmo mi lugar, mis posturas y conocimientos, que son los míos pero además de los un pueblo entero que se niega a seguir siendo representado a través de imágenes y prácticas racistas y colonialistas. El blackface no es una práctica exclusiva del sur de los Estados Unidos, ni corresponde a un lugar específico de la historia, es una práctica vigente que recorre por todos los territorios en los que está presente la diáspora afrodescendiente; y en cada rincón gritaremos y en cada rincón denunciaremos, porque lo que para ustedes es burla, chiste y fiesta para nosotras y nosotros es la reafirmación de una historia violenta. De nosotra/os/es no esperen silencio. Ante el racismo feminista, diverso, de la izquierda y blanco mestizo, aquí estaremos siempre dispuestos a denunciar. Sus golpes no serán silencio, nunca más.

Vídeo del blackface mencionado:

https://www.youtube.com/watch?v=9fkDsm1Y5Fg&feature=youtu.be

FOTO tomada del Twiter Ángela María Robledo. Esta foto corresponde al blackface mencionado en este artículo y ha sido muy controversial en redes. La foto fue publicada por una de las mujeres más reconocidas de la izquierda en Colombia y exalta la necesidad de respetar los derechos de las personas LGBTIQ+ al tiempo que reproduce el racismo.

Foto principal: Obra Visión de Ébano De Thomas Blackshear

[1] El Blackface “El ‘blackface’ no se trata solo de pintarse la piel con un tono más oscuro o ponerse un disfraz. Invoca una historia racista y dolorosa. Los orígenes de ‘blackface’ se remontan a los espectáculos de juglares de mediados del siglo XIX. Los artistas blancos oscurecieron su piel con esmalte y corcho, se pusieron ropa hecha jirones y exageraron sus rasgos para lucir estereotipadamente “negros”. De acuerdo con el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana Smithsonian (NMAAHC), el primer juglar imitaba a esclavos africanos en las plantaciones del sur, y mostraba a los negros perezosos, ignorantes, cobardes o hipersexuales. Las actuaciones estaban destinadas a ser graciosas para el público blanco. Pero para la comunidad negra, eran degradantes e hirientes.” Tomado de: https://cnnespanol.cnn.com/2019/02/03/blackface-por-que-pintar-cara-negro-ofensivo/

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One Comment

  1. Siento mucho lo sucedido, Gabriela, gracias por compartirlo con el resto de la gente negra. Te apoyo desde México.

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