El aborto como espiral despatriarcalizadora

Manifestantes a favor del aborto en Argentina.
Alejandro Chaskielberg
Publicado en: 2019-05-12

En la danza, la espiral habilita cientos de posibilidades de movimientos al permitirnos mirar a nuestro alrededor alcanzando 360º de visión. Considero que esta plástica línea curva, generada por un punto que se va alejando progresivamente del centro a la vez que gira alrededor de él, es una interesante forma-movimiento para pensar el aborto, las reflexiones que promueve, las definiciones que exige y su potencialidad despatriarcalizadora en diversos ámbitos.

Abordaré el jurídico por su poder material y simbólico y también porque el aborto fue lo que me permitió salvar el derecho a fuerza de feminismo. La necesidad de pensar en torno al aborto no fui a buscarla, irrumpió en mi vida de joven abogada por el año 2004 cuando se celebró en Mendoza el XIX Encuentro Nacional de Mujeres y “las feministas” necesitaron de una abogada que promoviera los procesos ante una larga cadena de agresiones recibidas desde sectores antiderechos, ese fundamentalismo católico de mi provincia que destrozó escuelas, anfiteatros, atacó a mujeres por la calle, tiró bombas molotov en los espacios donde nos reuníamos, etc. Uno de los grandes puntos de tensión era el derecho al aborto. Al poco tiempo comenzaron los acompañamientos a niñas y adolescentes que necesitaban abortar. Todas las que acompañé durante años habían sido violadas por sus padres o padrastros. Tenían derecho a abortar pero les era sistemáticamente vulnerado por el Estado. Por aquel entonces, comencé a militar en Las Juanas y las Otras, la primera colectiva feminista que conocí y donde el mundo se hizo un lugar más real, menos hipócrita y más habitable.

El aborto le puso el cuerpo al derecho, reveló su androcentrismo (el sujeto al que se tiene por ciudadano pleno) y el lugar asignado a las mujeres y personas con capacidad de gestar (en adelante PCG) como colectivo, esas ciudadanías de segunda, de tercera, de cuarta, disponibles según la interseccionalidad de opresiones que atraviesan nuestras vidas. La forma en que es regulado, garantizado u obstaculizado el acceso al aborto delinea los contornos del cuerpo social y sus tensiones.

Sin embargo, diferentes referentas teóricas han advertido también que el acceso de las mujeres a las técnicas de reproducción asistida y a la interrupción voluntaria del embarazo no nos ha ayudado a obtener por resultado una mayor libertad en el ámbito de la salud sexual y reproductiva (Heim, Daniela, 2011; Stolcke, Verena, 1988). Heim apunta a la reorganización del control social sobre los cuerpos y sexualidades de las mujeres que resulta más sutil por la situación de legalidad del aborto (en estados como el español, por ejemplo) y la forma en la que el derecho concede legalidad, pero reconociendo de manera limitada la autonomía a las mujeres. Insiste por tanto en la necesidad de un “nuevo derecho”.

Ante ello es preciso recordar, como señala María Galindo, que la despatriarcalización no es un estado definitivo, sino una acción permanente de desestructuración de todas y cada una de las capas de opresiones que sujetan a las mujeres, de desprendimiento de las estructuras patriarcales (Galindo, María, 2013:173)[1]. En línea con esto, una de las cuestiones que considero claves para que el reconocimiento legislativo – político del derecho al aborto pueda operar como una espiral despatriarcalizadora, es que se justifique ética, jurídica y políticamente como una proyección del reconocimiento a la autonomía sexual de las mujeres y PCG. Para ello, entiendo que son necesarios algunos acuerdos sobre cómo entender la autonomía, escapando de la concepción clásica liberal e individualista que se hizo por y para ser gozada por hombres, blancos, propietarios, jóvenes, sanos, europeos y heterosexuales, los sujetos por excelencia del contrato social.

¿Por qué es tan importante que el derecho al aborto se reconozca primera y explícitamente como una proyección del reconocimiento a la autonomía sexual de las mujeres y PCG?

La autonomía histórica y jurídicamente ha sido entendida en clave liberal, o sea, opacando (bajo una pretensión de neutralidad) su carácter androcéntrico. El derecho se ha organizado como manera de garantizar que algunos sujetos (como ya dije, los hombres, blancos, propietarios, heterosexuales, jóvenes, sanos) puedan tomar decisiones sobre sus propias vidas, y la subalternización de las mujeres se ha construido sobre la diferencia sexual (en intersección con categorías como las procedencias étnico-raciales-culturales, de clase, de nacionalidad, la edad, el estado de salud-capacidad, etc.). Por ello, cuando hablamos de mujeres y de PCG, la autonomía se pone en juego de manera central en relación con las decisiones sobre la sexualidad y uno de los test límite para valorar el grado de respeto estatal a dicha autonomía sexual es la forma en que se regula el aborto.

La despenalización y legalización del aborto se enmarcan dentro de las políticas de reconocimiento: los términos que nos permiten ser reconocidas como humanas son articulados socialmente, por ello, sostengo que en la legalización del aborto no está en juego sólo una cuestión de ciudadanía, sino el reconocimiento mismo de la humanidad de las mujeres y PCG. La negativa de acceso al aborto supone reducirnos a la condición de vasijas reproductivas. Sólo un sistema de plazos sin límite temporal reconoce de manera plena la autonomía sexual de les sujetes implicades. Lo que los sistemas de causales/indicaciones no quieren oír ni reconocer es que las mujeres abortamos porque tenemos derecho a decidir nuestro propio destino y es de justicia que así sea reconocido. No abortamos sólo cuando está en riesgo nuestra vida o cuando hemos sufrido violencia sexual o porque desconocíamos o carecíamos de métodos anticonceptivos. A veces abortamos porque tuvimos una placentera relación sexual, no tomamos los cuidados anticonceptivos adecuados y no tenemos deseo de ser madres. Es preciso que podamos decir que abortamos entonces porque tenemos derecho a hacerlo cuando lo decidamos.

¿De qué autonomía hablamos?

Para responder a esta pregunta resulta imprescindible reconstruir una dispersa genealogía de contribuciones críticas feministas que dan densidad a esta noción. Mencionaré algunos de estos aportes, sin ánimo de ser exhaustiva, sólo al efecto de señalar que la autonomía sexual de la que hablo está situada, encarnada y anudada con la autonomía de nuestras comunidades.

Una de las primeras críticas que comenzaron autoras como Mary Wollstonecraft (y continuaron siglos más tarde otras como Carole Pateman) son las que han denunciado el carácter restrictivo de la autonomía personal, producto de las revoluciones liberales que tomaron como sujeto universal al sujeto del contrato social, al individuo emancipado.

Otro de los argumentos que considero imprescindibles es el que desborda la autonomía entendida como sinónimo de intimidad, derecho del que pueden gozar únicamente otra vez los hombres (cuya vida transita entre su mundo público y privado) o algunas mujeres (las que no necesitan del estado más que una conducta omisiva, un dejar hacer). Pero para buena parte de las mujeres y PCG, quienes sufrieron la reclusión en el espacio doméstico producto de la expansión colonial y capitalista, el derecho a la intimidad no es protección suficiente, como tampoco lo es para quienes requieren del estado garantías efectivas de abortos gratuitos en los hospitales públicos. El aborto debe situarse en la médula de los asuntos públicos y no recluirse en el mundo privado de las mujeres y PCG.

Mendoza, Argentina. Manifestación de la campaña por el derecho al aborto, 28/09/2013. Foto Marcos Marín.

Cuando señalo que la autonomía sexual debe entrelazarse con la de las comunidades que habitamos, lo hago retomando la noción de cuerpo-territorio de feministas comunitarias y decoloniales como Lorena Cabnal, Julieta Paredes, Rita Segato o Breny Mendoza. Esta autonomía está igualmente llamada a defender a las mujeres de la instrumentalización de los usos y costumbres que puede hacer la propia comunidad para limitarlas.

Autoras como Judith Butler y Athena Athanasiou han denunciado los vínculos entre derecho de propiedad, noción de individuo posesivo y formas de explotación y esclavitud que derivan de la organización capitalista, planteando la necesidad de que la autonomía no se defienda apoyándose en el derecho de propiedad. De esta manera, advierten la “entrampada” de sostener el reconocimiento de un derecho fundamental -la autonomía sexual- en un derecho de propiedad superlativo que organiza un sistema que nos despoja día a día de las posibilidades de vivir autónomamente como sujetas-comunidades. Autónomas en tanto propietarias es la trampa doble, porque además nuestros cuerpos no son por entero nuestros, siempre estamos de alguna forma desposeídas de ellos, expuestas a la vulnerabilidad, al dolor, al placer que surge del acceso de otres a nuestros cuerpos.

La compleja noción de autonomía que propongo requiere también problematizar el principio de consentimiento. En esta línea, autoras como Michela Marzano proponen algunas directrices: “Consiento aquello que puedo incorporar a mi plan de vida como deseable… No todo lo que consentimos está enmarcado en decisiones alineadas con nuestro proyecto vital y para ello es necesario reconocer la contradicción en la esfera de la subjetividad”[2]. Esta autora señala que el consentimiento no es ni puede operar como un principio que permita comprender si un acto es legítimo o no, como principio justificatorio. Ello no cuestiona su importancia como manifestación de punto de vista de un/a sujetx pero esta autora neokantiana insiste en una ética de la vida buena, distanciándose de la ética mínima. Señala, de esta manera, que no se ficcionan los condicionamientos sociales y subjetivos suponiendo una libertad ilimitada para consentir, sino que se inscribe el consentimiento dentro de la realidad de lo vivido.

Por último, desde los feminismos comunitarios nos llega lo que considero una buena síntesis de la noción de autonomía como espiral despatriarcalizadora: “La autonomía como principio anti patriarcal está enmarcada en el contexto de la anti-jerarquía, tanto en el sentido concreto como en el sentido simbólico, ya que autonomía no significa desligarse de los otros y otras, no quiere decir desinteresarse por la comunidad, pero sí constituye un proceso continuo de coherencia consigo misma. Autonomía implica un ser y existir desde el propio mundo íntimo y personal en la comunidad con el mundo público –con el mundo comunitario–. Implica hacerse cargo de la propia manera de ver, oír, sentir, para aportarla a la comunidad, porque la comunidad no tiene jamás acceso a esa mirada, a esa escucha o a ese sentimiento único… Así ser autónoma, autónomo es un beneficio para sí misma –para sí mismo– por la coherencia, dignidad y libertad que le significa a la persona. También es un beneficio del que la comunidad no puede prescindir, ya que se nutre de esa autonomía para mirar el mundo por los ojos de cada integrante…” (2010)[3].

Salvar el derecho a fuerza de feminismo.

Los feminismos en general y los jurídicos en particular han de fortalecer sus posibilidades de tensionar al estado. Si bien el derecho es un terreno de disputas atravesado de desigualdades materiales y simbólicas, un ámbito en el cual las mujeres y LGTBIQ como colectivos estamos situadas en la subalternidad, precisamente porque se trata de una disciplina que legitima los sistemas de dominación vigentes, soy de las que piensan que no puede abandonarse un ámbito que define las posibilidades de habitar un mundo más hospitalario a través de los reconocimientos que opera. Considero que los órdenes éticos feministas son los que deben impregnar las definiciones jurídicas y esa es una batalla cotidiana.

Aprendimos de los feminismos que la vida diaria es un espacio-tiempo de revolución permanente, que la tensión al estado debe organizarse desde afuera del mismo (pues la obviedad de la metáfora del movimiento mecánico de tensión y su necesidad de distancia del centro precisamente para tensionar se comprueba cada día), y que la autonomía debe construirse en comunidad (con y desde cada una de las comunidades que habitamos, recuperar esa forma expropiada de pensarnos en alteridad permanente, renunciando a la falacia individualista meritocrática de la “autonomía personal”).

Opino que no podemos dejar el campo del estado porque es definidor de nuestras existencias (sólo podemos salvar el derecho a fuerza de feminismos), pero es claro que no sería en absoluto esperanzador poner todos nuestros esfuerzos ahí. Hemos de repartirlos priorizando construir comunidades más que familias, comunidades autónomas, dialógicas, porosas, abiertas, hospitalarias, en el barrio, en los espacios de trabajo o grupos de afinidad, con proyección global interconectada. Es entonces cuando el reconocimiento de nuestra autonomía sexual aparece como una espiral despatriarcalizadora, en cada una de esas comunidades, filosa para rasgar y, así, descoser la naturalización de la apropiación estatal de nuestros cuerpos y nuestras vidas.

 

[1] María Galindo. No se puede Descolonizar sin Despatriarcalizar, 2013. ISBN 97899954-2-622-4

[2] Marzano, Michela. Consiento, luego existo. Ética de la autonomía. Colección Siglo XXI, Proteus, España, 2009.

[3] Pronunciamiento de los feminismos comunitarios en la cumbre de los pueblos del cambio climático, 2010. Consultado por última vez el 07/05/2019: http://perspectives.apps01.yorku.ca/2010/05/08/pronunciamiento-del-feminismo-comunitario-latinoamericano-en-la-conferencia-de-los-pueblos-sobre-cambio-climatico/

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Feminista, marginal del derecho -por convencimiento de que es el único lugar habitable-, trabajadora cotidiana e incorrecta en el lenguaje por efectos de clase. Hace parte de la Campaña Nacional argentina por el derecho al aborto legal seguro y gratuito. Defensora implacable de la autonomía sexual, versión recargada por la maternidad, danzante ávida, yogui para no olvidarme de respirar, amiguera, serpiente consciente, enamorá de la vida, aunque a veces duela, tanto...

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