Florecer en la aridez del mundo. Recetario contra la tristeza

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Publicado en: 2019-03-08

Cuando llega ésta sensación suelo angustiarme mucho porque no me gusta sentirme quieta, así que hablo. Converso con quienes sé que me escuchan afectuosamente y me devuelven preguntas tranquilizadoras. Esta semana en una de esas conversaciones Aura Cumes me dijo que en los pueblos mayas se piensa en la tristeza como una enfermedad que tiene múltiples causas y que está radicada en la parte emocional de la existencia, esa existencia que es material pero también espiritual. Y yo, mientras la escuchaba pausadamente, pensaba en que efectivamente la tristeza hace parte de lo que somos, pero no puede convertirse en lo que somos.

En mi caso, la tristeza aparece porque este mundo es muy jodido, porque es asqueroso despertar y sentir impotencia, subirse al bus y reiterarla, escuchar a la madre y pensar que ya no hay mucho que se pueda hacer; está asociada al lugar que me hice en el mundo, a esto de querer cambiar lo injusto y sentir que luchas contra un muro de hierro y siembras esperando florecer en un desierto de piedras.

En esta experiencia que soy, la tristeza se manifiesta como un bajón del ánimo, dejo de ver el sol, dejo de escuchar canciones bonitas, me dan ganas de llorar con mucha facilidad y se activan tantas preguntas y reflexiones que no logro ni conciliar el sueño.

Cuando la tristeza llega, me quedo viendo el mundo sin poder hacer nada, me pongo más trascendental y me dan muchas, muchas ganas de cerrar todas las ventanas y meterme bajo las cobijas. Sin embargo, no voy a echar cuento, realmente son pocas las veces que puedo hacer todo eso que acabo de describir, cuando la tristeza ha llegado me ha tocado tragármela rapidito pues el día a día no da tiempo para clavarse en ella. Así que voy siguiendo por el mundo, trabajando, sobreviviendo sin prestar mucha atención, cosa que hoy considero altamente peligrosa, porque esa nube se carga de tanta agua que cuando explota, ahoga.

Por estos días con un poco más de quietud de la habitual (debido al parcial desempleo) y tras un convulso y muy pesado inicio de año, regresó la tristeza y esta vez he tenido más tiempo para atenderla. No la acaricio, ni la apapacho, ¡ni más faltaba! Pero he decidido atenderla porque no hay en mí sensación que genere más inmovilidad que la tristeza y odio profundamente sentirme así.

Aprovechando la existencia del recetario de Revista Marea les compartiré algunas de las cosas que han funcionado para que la tristeza no me robe fuerza y capacidad de acción:

LOS MAPAS, DIBUJOS O LETRAS:

Tal y como ya había mencionado en otro texto, “a mí me gusta escribir, me gusta narrar pensamientos, me gusta poner en estos códigos palabras que puedan conversar con otras, que puedan ser debatidas por otras. Me gusta escribir porque escribiendo también hablo, porque cuando lo hago, de mí salen sapos y ratas, pero también noches con estrellas. Me gusta escribir en mis cuadernos, frente a la pantalla del computador, en los bordes de los libros, en las paredes, en hojas sueltas, me gusta escribir en las redes sociales, me gusta escribir porque aunque cuestiono la hegemonía de las letras coloniales escribiendo, he aprendido a meditar, a pausar el pensamiento o a dejarlo estallar en furia.” Escribir resulta ser una gran terapia para la vida. Sin embargo, cuando de tristezas se trata, a veces las palabras no fluyen mucho, así que en esos casos, agarro hojas y empiezo a hacer garabatos, dibujos, hago mapas con mis ideas. No comparto todo lo que escribo o dibujo, pero el solo ejercicio de hacerlo me ayuda a descargar ideas y a sentirme un poco más liviana.

El EJERCICIO:

Este creo que es un gran cliché, sin embargo, hace dos años cuando en Colombia perdimos el plebiscito por la paz, quedé tan, pero tan apaleada que terminé a los pocos días intentado treparme en un tubo. Hacer pole fue un respiro absoluto y lo sigue siendo. Estirar los músculos, sudar y sentir el peso de mi cuerpo definitivamente puso mis ideas en otro lugar e hizo que la tristeza tomara otra dimensión. Seguramente para esto hay mil explicaciones científicas que yo por supuesto no les daré, a mí me interesa recomendarles que suden, que sientan el cuerpo llevado a puntos extremos, que busquen un ejercicio que disfruten y que descarguen allí un poco de las cargas que nos pone encima este mundo.

EL BAILE:

Dice una canción de Ismael Miranda “ay rumba tienes la magia, eres mi escape, mi salvación y entre la gente no siento nada de la tristeza en mi corazón, ritmo que llena de fama, cuando se baila al son de un tambor” y tiene razón el muchacho. Bailar con las amigas, con la familia, con la amada, sudar música, cantar mientras el cuerpo se contonea es maravilloso. Sin embargo, he pensado que para mí el baile ha estado muy asociado a la fiesta y la fiesta al licor y, en mi caso, el día después de una rumba con tragos no es nada conveniente si hay tristezas atascadas, así que me parece más chévere cuando baile no va de la mano de borrachera. En mí, el licor hace de la tristeza un estado tan patético que después no quiero ni recordar. Pero cada quien verá qué le funciona más.

ALGUNAS PLANTAS Y FRUTAS:

La valeriana:

Mi madre tomaba valeriana para dormir y sí que le funcionaba, pero pilas con la dosis porque la señora se podía quedar horas y eternas horas dormida; de hecho recuerdo llegar de la escuela y que mi mamá ni escuchara la puerta. Por fortuna las tías y la abuela estaban en la casa siguiente y allí podía esperar. El asunto es que las gotas o el agua de valeriana tienen un efecto tranquilizante muy potente y ayudan a apaciguar las ideas en la noche para que el sueño llegue más pronto. Como ya les dije, uno de los síntomas de mi tristeza es la pérdida de sueño, así que la valeriana puede ser una buena aliada en esas noches.

Plátano o banano:

La mamita decía que el banano ayudaba con la tristeza que porque tenía mucho potasio. Yo no sé qué digan las científicas de eso, pero yo siento que funciona. Cuando ando triste busco bananos maduros, ojalá los más pecosos porque son los más dulces y me hago un batido o me los como crudos. Además de ser deliciosos me ayudan a sentirme un poco mejor.

El limón:

Cuando era niña jugaba con mi amiga Sandra al programa de televisión. Ambas éramos unas reconocidas presentadoras y teníamos un programa de recetas. Hicimos muchos programas, todavía recuerdo cómo le hablábamos a las cámaras y sentíamos que llegábamos a miles de personas, pero nuestra receta siempre fue la misma: jugo de limón con sal. Lo reiterativo de la receta tiene una respuesta sencilla, el árbol de limón estaba en el patio de mi casa y era el único ingrediente con el que contábamos. Mi mamá se enojaba que porque “se me iba a hacer agua la sangre con esa comedera de limón”. Yo no sé si la sangre se aguó o no, lo que sí sé es que desde entonces amo el limón en todas sus presentaciones: limonada, limón con sal, postre de limón, limón con azúcar y así. Y cuando hay tristeza siento que al comer limón o algo muy cítrico activa un no sé qué, no sé dónde que me hace sentir más viva, quizás sea la asociación con el recuerdo de un momento muy feliz de mi vida, o quizás sea el impacto del cítrico en el cuerpo, lo que sea que sea, a mí me funciona. Por supuesto, el limón es un distractor, pero a veces solo necesitamos eso para poner la conciencia en otro lugar.

Y PARA TERMINAR, EL FAMOSO CHOCOLATE:

A mí el chocolate me da alegría, me sube del bajón y me ayuda a situarme en otro lugar. El chocolate sí que es un cliché, pero vean que a mí me funciona, más aún cuando la tristeza está acompañada de frío, lluvia y de las soledades que producen una ciudad como Bogotá (Y las decisiones que una toma para estar mejor y más segura, aunque más sola). Según leí por ahí alguna vez, el chocolate acelera los niveles de excitación lo que hace que mejore, incluso, la circulación, y bueno, hay mil explicaciones que dan las expertas, yo solo diré que a mí me pone contentona comer chocolate.

Como se pueden dar cuenta este recetario no es nada riguroso. Es más bien una excusa para compartirles mi experiencia y para invitarlas a que le presten mucha atención a la tristeza. Este mundo golpea mucho y no nos merece triste ni nos necesita quietas, así que a comer chocolate, limón, piña, a bailar solas o acompañadas, a hablar con las amigas, a prender velitas, a tener muchos orgasmos, a hacer el ejercicio que más nos guste, a darnos mucho amor, a escribir y dibujar, a sentarnos frente al río, a cantar bien duro. A buscar las recetas para la fuga pero sin perder de vista que estos distractores nunca serán suficientes y que a la tristeza también hay que atenderla con plena conciencia de lo que la genera, una conciencia que nos lleve a organizarnos, a luchar, ya que ésta finalmente es la garantía de que hacemos algo para que este mundo esté mejor y un día deje de generarnos tanta tristeza.

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La colonia dijo: mulata. Dicen mis raíces: afro-diaspórica. Me he decidido en piel y espíritu una indignada (activa permanente) contra las opresiones racistas, capitalistas y patriarcales. Dice mi Orí: responsable de nuestra historia, de situarme en ella y de hacer lo necesario y no sólo lo posible. En los códigos del occidente empapelado: una nacida en Colombia, historiadora y amante de la escritura situada. Y también integrante de Revista Marea.

2 Comments

  1. Me encanto la receta, muy conveniente en momentos como estos en un pais donde cada dia la lucha es intensa, y hay momentos en los que una quiere dormir y soñar con que todo cambie, pero la realidad no deja conciliar el sueño😙

  2. Que linda receta !!! intentaré seguirla al pie de la letra :)

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