Una generación que también quiere revolución

FOTO: Lucero Arte Social

Soy hija de esa revolución sandinista que ilusionó a toda una generación en Nicaragua y que hizo que miles de jóvenes cargadxs de ilusiones viajaran a Nicaragua en los años 80 para participar en ese nuevo proyecto, el de la Nicaragua libre, la del “hombre nuevo”. Esa época en la que miles participaron en los cortes de café y de algodón para sacar adelante la producción en medio de la guerra de baja intensidad financiada por los gringos; el tiempo de la noble brigada de alfabetización en la que jóvenes le enseñaban a leer a campesinos en la montaña; la de los talleres de pintura primitivista, las misas campesinas, la reforma agraria y de organización cooperativa.

Soy de esa generación que creció escuchando historias de batallas de la guerrilla y también del sabor amargo de haber perdido la oportunidad histórica de construir una nueva forma de hacer política y de haber faltado a la promesa hecha a tantxs muertxs. De haber pretendido una revolución sin la participación de las mujeres a pesar de que estuvieron en todos lados y no hubiese sido posible sin ellas. A las que se les negó la despenalización del aborto cuando se escribió una constitución política en plena revolución porque, para los compañeros, la sociedad nicaragüense todavía no estaba preparada. Las mujeres podrían “ofrendar su vida a la revolución”, pero no decidir sobre su embarazo.

La generación de mi mama ya pagó muy caro haber derrumbado una dictadura en el 79. Lloraron demasiados muertos, pasaron demasiadas crisis, sintieron la rabia de la injusticia y la impotencia ante la censura. Esta tierra, esta gente, no merece más dolor.

Ortega, su familia y terratenientes fieles, han traicionado esa historia, no sólo porque se han lucrado y vendido el país al gran capital, no sólo porque pactaron con las jerarquías de las iglesias católica y neopentecostales la vida de las mujeres, penalizando el aborto, también porque siguen intentando reafirmarse como sandinistas en un proyecto tan violento, extractivista, arrasador y autoritario que en los últimos meses ha utilizado armas de guerra y fuerza desmedida para silenciar las protestas en los barrios y en el campo. Eso no es sandinismo y no es la propuesta por la que tantos murieron y miles trabajaron sin descanso.

Ortega y su esposa Rosario Murillo – que actualmente funge como vicepresidenta porque reformaron la constitución anulando el artículo que lo prohibía – pretenden cobijarse en la bandera roja y negra y revivir los fantasmas de la guerra fría para justificar su brutal ataque y venderlo como una defensa contra el “intento de golpe de estado orquestado por el imperio”. No sólo es poco creíble, es incluso ofensivo, sobre todo cuando las personas asesinadas, encarceladas y exiliadas son en abrumadora mayoría campesinos, estudiantes de universidades públicas, chavalas y chavalos de barrios, gente pobre, no la oligarquía que, según ellos, atenta contra “la segunda etapa de la revolución”.

Desde hace 8 meses Nicaragua está sumida en otra gran tragedia que esperamos nunca más repetir. El 18 de abril empezaron unas protestas en las que un grupo de ancianos y jóvenes exigían la derogación del decreto de reforma a la seguridad social que entre otras medidas implicaba la reducción de un 5% de las pensiones actuales. La manifestación fue reprimida por grupos de choque subordinados al partido en el gobierno (el FSLN) en total coordinación con la policía nacional, quienes golpearon de forma brutal a jóvenes, ancianas y periodistas, mientras algunos transmitían facebook live desde sus celulares.

La paliza a manifestantes lejos de instaurar el miedo y enviar a la gente a su casa, como esperaba el Orteguismo, generó muchísima rabia y el 19 de abril estaban estudiantes y barrios en protestas. La escena fue terrible y ese día empezó la larga lista de jóvenes asesinados por balas de la policía y paramilitares.

Desde hace demasiados meses se nos mezcla la rabia, el dolor y la impotencia. No terminamos de llorar y denunciar un hecho cuando aparece otra arbitrariedad o crimen  de la dictadura. Las cifras más conservadoras cuentan más de 350 personas asesinadas, cerca de 600 presas y presos políticos, 40 mil exiliadas, miles de personas heridas y el uso de la violencia sexual como parte de las formas de tortura dentro de la cárcel. Todo este horror en un triángulo de tierra en la que viven 6 millones de habitantes.

En un mundo paralelo, Rosario Murillo lanza mensajes de paz y reconciliación a la vez que se refiere a quienes protestan como “fuerzas diabólicas, tenebrosas, terroristas y criminales” que, poseídos por el demonio, “profanan nuestra fe y nuestras prácticas cristianas”. Por su parte, Ortega espera salir otra vez impune, como hace 20 años, después de que su hijastra lo denunciara por haberla violado durante años desde que era niña.

A pesar de su discurso y de intentar presentar en el exterior que Nicaragua está “normal”, Ortega implementa una terrible campaña de persecución contra activistas, periodistas, organizaciones y toda voz disidente, tanto por el uso de las leyes que el congreso va construyendo a su medida, como por el poder de las armas a manos de paramilitares y policías. Pero la gente no se acostumbra a la injusticia y siguen denunciando por todos los medios posibles los crímenes del Orteguismo. Existen colectivos autoorganizados de nicaragüenses en docenas de países que no dejan de contar lo que ocurre, comités de solidaridad integrados por aquellos jóvenes de los 80 y la nueva generación o redes feministas internacionales que denuncian la dictadura y acompañan a las feministas nicaragüenses. Dentro de Nicaragua hay comités de apoyo a familiares de presas y presos políticos, boicots a empresarios cómplices, paros de consumo y miles de formas de protesta pacífica.

Las viejas tristezas por el alto costo que tuvo la revolución, como la profunda rabia por el llanto de las madres de los jóvenes asesinados en los últimos meses nos obligan a seguir resistiendo. No nos vamos a resignar a las amenazas de las armas y la bota paramilitar, pues nosotras somos también una generación que sueña en medio de tanta violencia. Otra vez vamos a juntar la fuerza e inventar la ilusión y vamos a reconstruir este país. Vamos a volver a contar cuentos a lxs niñxs, bailar en las calles y jugar en el campo. Nicaragua florecerá de nuevo, lo prometemos.

FOTO: Lucero Arte Social

Trabajadora social, activista feminista nicaragüense

One Comment

  1. La Revolución en los años ochenta fue un proyecto atractivo, novedoso e integrador de generaciones. Es una pena que esos grandes esfuerzos, sacrificio y muertes los usufructuarios sean una familia, un grupo corruptos; dejando atrás los sueños de miles de nicaraguenses y pagándoles ahora con matanzas, encarcelamiento, torturas, desapariciones.
    Lo más novedoso, que muchos de la izquierda, sigan creyendo en el gobierno corrupto que dice llamarse " socialista, cristiano y revolucionario". Eso es una utopía, es un lenguaje muy lejos de las palabras a la realidad.

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