Cuando te sientes menos empiezas a tolerar más... resistencias desde el escritorio

FOTO: Archivo Alejandra Ortiz Ayala

Mi lugar de enunciación,

Yo siempre pensé que no pertenecía a ningún lugar. Me he mudado tantas veces de casa desde que era niña que me convencí que no tenía arraigos profundos con espacios o lugares. Con frecuencia me decía: la vida me está entrenando, pues siempre soñé con irme. Nunca me ha dado miedo organizar maletas y viajar, y así fue como pude viajar desde Moscú hasta Nueva Zelanda, donde vivo actualmente.

Sin embargo, desde que llegué me costó profundamente conectarme con este nuevo lugar. Físicamente es hermoso, pero había algo en la atmósfera que me impedía sentirme… Mis herencias religiosas murmuraban al oído “cómo eres de desagradecida” “es un privilegio lo que estás viviendo, eres bendecida”. Y claro, soy afortunada, no lo voy a negar. Soy afortunada y bastante privilegiada por haber obtenido una beca para estudiar en un país extranjero. Sobre todo, si tenemos en cuenta que vengo de un país donde menos del 10% de la población habla inglés y tan solo el 50% de quienes acceden a educación superior logran terminar.

Sin embargo, aquí mi privilegio tuvo varios bloqueos. Aprendí a hablar inglés hace menos de cuatro años así que mi nivel es medio chambón todavía. Leo e intento escribir. Leo porque asistí a una universidad privada donde si no se leía en inglés me jodía. Así que aprendí a las malas. Leyendo 10 veces el mismo texto antes de clase y trasnochando. Siendo positivas, soy el clásico ejemplo de las estadísticas de movilización social. La hija de una madre con educación superior tiene más chances de acceder a educación, aun cuando ésta sea soltera, cosa que se abona a mi madre.

Sin embargo, a pesar de ser consiente de todo y de haber “jodido” años por alcanzar la beca que me llevaría a estudiar por fuera. No me sentía satisfecha, cerca de cumplir mi primer año doctoral entendí por qué.

Aquí va…

Interactuar con la comunidad académica internacional siendo colombiana ha sido el desafío más grande desde que empecé este viaje. Todos los días de mi vida lucho para que me escuchen y entiendan el contenido de mis ideas, a pesar de lo fuerte que pueda ser mi acento o la frecuencia de mis errores gramaticales. Que me vean como una interlocutora válida con capacidad de análisis rigurosos. Que me escuchen, a pesar de los argumentos, por cierto, criticables, sobre la importancia de la distancia necesaria para poder hablar y estudiar mi propio país. Y es que me fui dando cuenta de lo molesto del tono condescendiente y otros actos implícitos que te hacen sentir inferior. Lo peor es que con el tiempo, si no estás atento, te lo crees. Cuando te sientes menos empiezas a tolerar más…

Sin embargo, la vida aprieta, pero no ahoga, y sí, me estaban subestimando. Pero afortunadamente en la academia internacional liderada por hombres y mujeres blancos del mundo occidental empiezan a haber fisuras, resistencias y autorreflexiones. Y son estos personajes los que se vuelven importantes pues nos abren las puertas para poder tener una voz. Agradezco profundamente su apoyo y sobre todo su conciencia sobre la importancia de reconocer el conocimiento local. Y de esta manera construir conocimiento incluyente, plural, democrático. El ideal de la academia ¿no?

Y fue así como descubrí que sí, tengo un lugar y es mi país, mis amigos, colegas mi familia. Que lo que moviliza mi discurso académico es justamente la pasión que tengo hacia ellos y mi necesidad de entender nuestros dilemas y desafíos para hacer de ese “mi lugar” un lugar mejor para todos.

Hoy más empoderada que antes y quizás más consiente que antes de mis raíces pienso de manera más crítica en las relaciones de poder que existen en mi país, pienso con mayor claridad en las conexiones de mi propia vida con las reflexiones que hago, pienso en todas las personas que al interior de mi país tienen que esforzarse tres veces más para ser escuchadas.

Finalmente reflexioné sobre la idea de la “distancia académica” si es física para poder pensar, entiendo el punto. De hecho, estoy bastante lejos…

Pero, tu viajas con tu identidad y esta inevitablemente enmarca los lentes para interpretar el mundo. Por tanto, sigo sin comprender el argumento aquel que dice que el extranjero puede entender y escribir mejor de las realidades colombianas que los mismos colombianos…

Y entonces, me he puesto a la tarea de escucharme, de revisar mis pensamientos, mis lugares, pero también, en mi experiencia como estudiante por fuera de su país, revisé los textos que he leído, la bibliografía que he priorizado, las voces que me han importado, decidí que hay rupturas necesarias, que no puedo sentir esta incomodidad y quedarme quieta solo siguiendo lo que se dice y se escribe en los nortes del mundo. Identifiqué además que aquí desde la resistencia de estar en un sin lugar, también podía recuperar el lugar que siempre había reclamado, dimensioné la potencia de las relaciones de poder académicas y decidí hacerme consciente de mi propia resistencia. No es mucho lo que se puede hacer desde el escritorio dirán algunos. Parcialmente, estoy de acuerdo, pero yo creo en la academia con impacto y por ahora creo que esta es mi forma de resistencia…

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