Aprender a navegar libres

FOTO: Domino público https://bit.ly/2tHt0lT
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Publicado en: 2018-06-30

¿En qué momento comenzamos a pensar que nuestra información estaba mejor en internet? Mejor protegida del deterioro, mejor dispuesta para hacerse viral, para amplificar una denuncia o una consigna, mejor organizada para visibilizar nuestras luchas y procesos, para coordinar acciones y para sostener relaciones afectivas en la distancia, ¿de dónde vino la idea? Internet está en el centro de nuestras relaciones y ante la ilusión de libertad que nos ofrece, me pregunto: ¿estamos mejor allí?, ¿podemos estar mejor?, ¿depende de nosotras?

Hace dos años me embarqué en un rumbo que no va hacia delante y mucho menos en línea recta. Más bien se trata de un recorrido hacia dentro, como quien dibuja una raíz o deshoja una cebolla hasta alcanzar su centro. De a pocos, he comenzado a percibir todo el peso que tiene un clic, a interpretar la carga política de una acción en internet y a resentir la mirada persistente de la pantalla, tan directa y tan llena de luz siempre, tan atenta a cada cosa que quiero hacer.

He comenzado a ver nuestra información convertida en bits, reducida a un código binario y copiada cientos de veces; recorriendo en su camino miles de kilómetros por segundo; traducida en ondas e impulsos electromagnéticos, transportándose a través de cables submarinos y terrestres, saltando de antena en antena y dejando una copia almacenada en cada espacio privado por donde pasa.

He comenzado a entender cómo es que las tecnologías se parecen a los cuerpos que las desarrollan y a ver la conexión de internet desde el enchufe eléctrico que hace posible el flujo de energía hacia el equipo. En el enchufe mismo he comenzado a ver el ideal de la reproducción, la figura del macho activo que penetra una pasiva, rígida y estable hembra: las tres clavijas dentro de los tres orificios de la toma de corriente como condición previa, aunque no suficiente, para cualquier conexión.

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Internet está llena de imágenes y lógicas funcionales muy lejanas a la idea de libertad y autonomía sobre la que he construido mis palabras y mi cuerpo; y sin embargo, allí conozco, aprendo y conspiro. Internet es una cadena compleja de materiales, actividades, procesos y protocolos que median nuestra posibilidad de acción sin que podamos notarlo a simple vista, y ante esto me pregunto ¿es internet un espacio para la libertad?, ¿es posible transformar desde ahí algo?

La libertad es un asunto complejo: atractivo, lleno de promesas y de trampas, puede ser un camino individual asociado a la reivindicación de valores, deseos y maneras de alcanzar objetivos propios; pero también puede ser colectiva, basada en la negociación conjunta de límites y acuerdos, en la reciprocidad y en la búsqueda común del bienestar y la felicidad. En esta búsqueda, me encontraba hace un par de años cuestionándome la potencia de internet como terreno de lucha, ¿acaso luchamos cuando hablamos allí?, ¿cuándo se hace viral un contenido?, ¿cuándo logramos documentar las manifestaciones de la calle?

No me cabe duda que hay una potencia enorme, pero no es suficiente. Pantalla adentro, miles de personas están trabajando para hacer nuestro sueño posible. No es un trabajo de ingenio el que hacen, no es su propia creatividad la que ponen a nuestra disposición. Es el sueño neoliberal en su expresión más clara, de reglas flexibilizadas de acuerdo al comportamiento del mercado, de libertades individuales directamente proporcionales al poder adquisitivo del sujeto de derechos. Esa es la internet que consumimos hoy, y su popularidad radica en que nos ocupemos menos de entender cómo funciona y qué la hace posible.

Miles de personas haciendo un trabajo repetitivo y en serie, produciendo como filigrana cada una de las piezas que hacen posible la conducción de energía, de datos, de contenidos. Ellas, sometidas a estrictas reglas de tiempo y comportamiento. Ellas atentas al correcto funcionamiento de los códigos. Ellas diseñando y comunicando. Ellas hablando pero no tan fuerte. Ellas presentes en cada uno de los puntos de esta cadena de producción que mejor se valoriza si mejor esconde sus procesos.

Entonces me imagino a internet como un terreno de lucha y de transformación cuando se trata de tejer nuevamente estos puntos de la cadena. Primero mirando, luego reconociendo, después tomando nuestras manos, porque todo sistema tiene sus fallas y a veces basta un estirón de manos para transformar su funcionamiento. Y en estos tiempos nos hace mucha falta tomarnos de las manos, desnaturalizar la participación de los intermediarios y encontrarnos en el hacer mismo. En esas me crucé con el software libre: programas éticos que respetan la libertad y la solidaridad social.

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Cuando finalmente me decidí abandonar el software privativo, borré Windows e instalé software libre en mi computadora, para poder ver más allá de la interfaz pero también porque quería ver a quienes se esconden tras la cadena de producción de internet, quería saludarles, vincularnos, construir solidaridades. Y me encontré con una promesa fascinante, que para hacerse real requiere de una serie de condiciones previas: tiempo, acceso, curiosidad y autonomía.

Por principio, el software libre  ofrece cuatro libertades que, en su conjunto, buscan garantizar el acceso distribuido al conocimiento, al acercar la distancia entre quienes desarrollan y quienes utilizamos un software: la libertad de usarlo, de acuerdo a las reglas de funcionamiento con que fue diseñado; la libertad de conocerlo, pudiendo acceder a esas reglas de funcionamiento, es decir al código; la libertad de modificarlo, cambiando las reglas para que se ajusten a nuestras propias necesidades; y la libertad de distribuir cuantas copias se nos antoje, tanto de la versión original como de las modificadas.

En ese camino, desaprender es la parte más complicada, sacar de la propia rutina los formatos y las soluciones aparentemente sencillas y gratuitas: la interfaz donde todo es cada vez más fácil porque llega por una vía rápida y certera > Aprender es un camino más largo y quizás tedioso, que no podría emprenderse en solitario. Se trata de acostumbrarse a solucionar los problemas que vayan apareciendo, a comunicar a la máquina lo que queremos que haga, a identificar qué es lo que queremos más allá de lo que la máquina nos propone, y entender que con un poco de tiempo y esfuerzo, podemos lograrlo.

Esta imagen se acerca mucho más a la idea que tengo de libertad y autonomía en internet, cuando todo lo que hacemos allí es acceder a los software que nos ofrecen tal o cual servicio. Sin embargo, en la práctica es un camino mucho más sencillo para quienes ya cuentan con una serie de libertades de antemano. Y es que cambiar un chip en la vida no es tan sencillo como liberarse de Windows e instalar software libre. Construir un modelo de producción de internet que reconozca la libertad como solidaridad y no como explotación es la lucha más larga: construir libertades allí donde no vienen de la mano del capital.

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El software libre no es suficiente sin pedagogías que permitan llevarlo más allá del contexto -de libertad- donde ha sido desarrollado. ¿Qué significa eso? Por ejemplo, que en una biblioteca pública se utilice software libre en vez de privativo; también en las escuelas públicas y puntos rurales de acceso digital. Pero no solo se trata de pedagogías en espacios de formación ni de políticas estatales, pues internet está lejos de ser solo un medio para el ‘desarrollo’: está también -y sobre todo- en los celulares y en las cámaras de vigilancia.

Hoy, nuestros movimientos son permanentemente vigilados desde dentro y fuera de nuestros bolsillos. La mayoría de la información que producimos (cada clic, cada app, cada post, cada mensaje, cada entrada o salida del sistema de transporte público) está siendo almacenada y capitalizada por cada vez menos y cada vez más grandes empresas (Google, Apple, Amazon y Facebook, para ser precisa), todas desarrollando y patentando software para capturar nuestra información sin que sepamos cómo. Todas mejorando sus diseños de interfaz para que nuestra experiencia sea más amable, sencilla, intuitiva y adictiva. ¿Qué tal si nos hacemos hackers?

El panorama de vigilancia y adicción es, por lo menos, preocupante. Pero no habrá menos control sobre nuestros cuerpos y nuestros deseos si cedemos al discurso del miedo y la enfermedad de internet. Para mí, construir autonomía y solidaridad desde el software libre supone estar sin miedo pero en alerta para impedir que se moldee nuestra capacidad de acción y de organización; depender menos de los intermediarios, sobre todo de los que menos percibimos; sabernos cyborgs y no temer a eso, sabernos libres de imaginarnos y hacernos materia en cada acción; y acercarnos a todas las que trabajan detrás para que nuestro sueño de autonomía tecnológica sea posible.

El camino está largo porque difícilmente podemos tomarnos de las manos con quienes extraen las materias primas, fabrican delicadas piezas conductoras, ensamblan chips, arman, transportan o venden los dispositivos, las antenas y los cables por donde se navega la internet. Podemos, en cambio, armar nuestros terruños feministas y cuidadosos, por ejemplo en Kéfir, Clandestina o Vedetas. Podemos aprender juntas sobre tecnología y juntas erradicar las violencias de internet. Y seguirle caminando para que estas libertades no sean en abstracto sino que nos sirvan para emancipar nuestros cuerpos y vidas diferentes.

* Los enlaces en este texto están puestos para continuar algunas de las reflexiones de la mano de compañeras que han inspirado mi práctica y mis palabras. Recomiendo leerlos también.

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(Aprendiz de cuerpos, tecnologías y máquinas para destruir el capitalismo.)

La tecnología comienza y termina en el propio cuerpo. Me interesa explorar y reflexionar sobre la red, pantallas adentro. Me pregunto por lo que canaliza y lo que bloquea. Me interesan los procesos sociales y culturales, me gustan las máquinas y odio el capitalismo. Odio también el patriarcado, la velocidad y la certeza. Parto de la incertidumbre como narrativa y como principio de vida. Desde hace un tiempo estoy cultivando la curiosidad.

2 Comments

  1. "Sexo y género son dos cosas totalmente diferentes. Los seres humanos tienen los dos, el primero en varias partes del cuerpo, el segundo sólo en la substancia gris.
    El idioma castellano tiene solo género.
    La palabra género tiene varias acepciones.
    1. Conjunto, grupo con caracteristicas comunes; ejemplo: género Alstroemerias.
    2. Clase a que pertenecen personas o cosas; ejemplo: género de amigos.
    3. Cualquier mercancía de un comercio; ejemplo: género de clavos.
    4. Cualquier clase de tela; ejemplos: algodón, lino.
    5. Accidente gramatical que clasifica los sustantivos, adjetivos, pronombres Y artículos; ejemplo: casa: femenino. Ei.
    Grupos de manifestaciones literarias; ejemplos: género narrativo, género policial.
    El género gramatical es un sistema que poseen algunas lenguas en que los elementos nominales de las lenguas son clasificados dentro de un número finito de clases, para las cuales generalmente hay reglas de concordancia. En castellano las palabras tienen género (accidente gramatical o clase nominal), característica arbitraria de los sistemas lingüísticos naturales, pero no sexo. Por eso que no puede ser sexistas, a lo sumo «generistas».
    Así entonces, es dable preguntarse qué pasaria si en castellano (o espanol como, incorrectamente se ha dado en llamarlo en los últimos decenios), llamáramos al género (insisto, accidente gramatical) de las palabras con otro nombre.
    Inventemos uno: polaridad. Asi, convencionalmente, las palabras, en vez de ser femeninas o masculinas, tendrían polaridad aaínica» u «oinica», segL'u1 terminen en «a›› o en «o». Las que terminan en «e», «o» e «i›› tendrían polaridad neutra, [nótese que, en principio, no existe razón alguna para escoger «e» como vocal terminal neutra («perre››) en vez de ai» («perri») o «u» («perru«)], mientras que las
    que terminan en consonantes tendrian polaridad múltiple, por ejemplo «el mar» o «la mar», o polaridad dictada por la costumbre, al origen etimológico o a la tónica,
    por ejemplo «la cárcel››: polaridad ainica; «el papel››: polaridad oínica.
    ¿Intentarían algunos movimientos feministas «despolarizar el idioma», en circunstancias que las palabras no
    tendrían género?
    Hay palabras inclusivas (formalmente no marcadas) ainicas, tales como «periodistas» y «dentistas» y oinicas, tales como «niños» y «todos». En ambos casos, si se quiere detallar el sexo de los componentes de cada grupo es necesario especificar. wicas: «los periodistas varones» y «las periodistas»,
    «los dentistas varones» y «las dentistas». Oinicas: «los niños varones» y «las niñas»; «todos los niños varones» y «todas las niñas». El hecho que la mayoría de las palabras oinicas sean generales conlleva el problema de la falta de especificidad. Para decir «los niños de este país son buenos para las matemáticas» refiriéndose a los niños de sexo masculino, habría que decir «los niños varones de este país son buenos para las matemáticas». En cambio, si se desea precisar esta habilidad de las niñas, basta con decir «las niñas de esta país son buenas para las matemáticas». Es decir, en castellano la polaridad ainica (formalmente: marcada] tiene la ventaja de ser más especifica, ahorrando
    adjetivos.
    Existen idiomas sin polaridad pero con movimientos feministas. En esos países los movimientos feministas no puede culpar al idioma de machista (¿polarizado?).
    Sus demandas van dirigidas a la igualdad de oportunidades, a que los salarios sean de acuerdo al mérito y no al sexo de las personas, a que a las mujeres se les escuche con la misma atención que a los hombres, etc. Nos estamos refiriendo a los paises de habla inglesa, que no son pocos. En el otro extremo, existen lenguas con 10 o más géneros (clases nominales), como el Bantú. En este idioma los géneros se conocen por números, no mediante adjetivos como femenino o masculino.
    En contraposición, existen idiomas donde el plural se obtiene mediante el cambio de vocal al final de la palabra. Por ejemplo, en italiano. Singular: «uomo››; plural:
    «uomir1»i. Singular: «donna››; plural: «dor1ne››. Singular: «personu»; plural: «persone». «Tutto», «tuttu», «tuttb y iitutte» significa «todo», atoda», «todos›› y «todas››, respectivamente. ¿Cómo se podria despolarizar este idioma? En dicho entendido, por ejemplo ¿Cuál sería el significado de «tuttu»?
    Además, existen idiomas con declinación, la que altera la morfología de las palabras. El latin es el caso emblemático, pero entre los idiomas modernos con declinación (que varian en grado] están el alemán, el rumano, el griego, el islandés, el polaco, el ruso, e incluso el quechua, por nombrar alwos. No me imagino el desastre que ocurriría en esos idiomas si se alterase la última vocal de las palabras para adecuarla a peticiones antimachistas, que pretenden neutralizar la polaridad (o género) de las palabras. He aqui las diferentes morfologías (declinaciones) de la palabra «niña» en latin: «puella, puellam, pueilae, puelli, puellas, pueilurum». En ruso perro se dice «sobaku». (Pero sólo en el modo nominativo de perro y perra y en el genitivo de perra). La palabra adquiere diferentes morfologias, tales como: «sobaku, sobakí, sobak», dependiendo de la declinación (dativo, nominativo plural, acusativo, etc.). Cambiar los sufrjos de estas palabras transformaría el latín y el ruso en marañas macarrónicas ininteligibles.
    Cuando se dice «los niños son buenos para las matemáticas» se está incluyendo a seres de ambos sexos. Decir «los niños Y las niñas son buenos para las matemáticas» es una aberración, es ilógico e irracional. Es similar a decir «los animales y las lagartijas necesitan comer», en circunstancias que las lagartijas son también animales. Aristóteles debe estar revolcándose en su tumba; acaba de enterarse que el siguiente silogismo ya no corre: «Todos los humanos son mortales. Todos los griegos son humanos. Por lo tanto, todos los griegos son mortales». Ahora hay que decir «Todos los humanos varones y todas las humanas son mortales. Todos y todas las griegas son humanos y humanas, respectivamente.
    Por lo tanto todos los griegos y griegas son mortales».
    Ricardo de Querol, escribió en el diario español El País, en 2012: «Yendo más al fondo de la cuestión: ¿tener que decir siempre “los ciudadanos y las ciudadanas", no parece remarcar que no hay un único sujeto, sino dos grupos separados, que no forman un algo común? ¿No existe una identidad colectiva más allá del sexo o del género?»
    El primer gran libro de la historia escrito en castellano, el Cantar del mío Cid, cuenta que a Rodrigo Diaz de Vivar lo recibieron en Burgos «mugieres e uarones, burgeses e burgesas». Desde entonces han transcurrido 800 años, durante los cuales el idioma evolucionó, simplifrcándose. Ahora se utilizan sustantivos generales, como iipersonas, burgueses». ¿Deseamos revertir SOI] años de evolución?
    En resumen, los idiomas nacieron para relacionarse y han evolucionado caprichosamente motivados por razones etimológicas, paradigmáticas y semánticas. Alterar el castellano, pretendiendo neutralizar el género de las
    palabras no contribuye a facilitar la comunicación en lo más mínimo y, en cambio, lo vuelve más complejo, dificultando fluidez y comprensión."

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