Somos movimiento vivo

FOTO: Tatiana Vila
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Publicado en: 2018-04-20

El pasado mes de marzo tuvo lugar uno de los encuentros de mujeres más grandes y poderosos ocurridos en esta región del mundo. Convocadas por las zapatistas, nos reunimos “un chingo” de mujeres a compartir nuestras experiencias de lucha y resistencia en el Caracol de Morelia, zona de Tzotz Choj, rodeadas por la majestuosidad de los montes chiapanecos.

No era el primer encuentro de mujeres al que asistíamos. Como activistas feministas, hacemos parte de una genealogía de procesos regionales y locales que ha tenido escenarios importantes para la consolidación de agendas y discursos propios y, por supuesto, también para las distancias, las disputas, las rupturas. En los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe, los Encuentros Lésbico Feministas, los Encuentros Feministas Autónomos, entre otros espacios locales, se han debatido temas de vital importancia para las mujeres, nuestras luchas y la transformación social.

Encontrarnos nos ha permitido conocernos, reconocernos, situarnos en este territorio nuestro y pensarnos desde las historias propias; sabernos distintas, escudriñar esos lugares desde donde hablamos de lo que somos para ir construyendo complicidades y tejiendo miradas de mundo y sueños. Quienes hemos habitado esos espacios (y quienes sin haber estado allí físicamente nos hemos visto interpeladas en nuestro vivir, hacer, pensar y existir por las voces, debates e ideas que de ahí emergieron), nos sabemos parte de un proceso que suma ya décadas de construcción colectiva. Y no ha sido fácil, porque el monstruo es grande, porque en esta parte del mundo nos ha mordido duro y porque lo hemos enfrentado de muy distintas maneras no siempre pensando en todas, no siempre transformando el fondo.

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¿Qué cara tiene el monstruo en América Latina y el Caribe? ¿Cuáles son entonces los ejes de nuestra lucha? ¿Quiénes somos las mujeres de este sur? ¿A quiénes leemos, a quiénes miramos? ¿Por qué con el estado y hasta dónde sin éste? ¿Y qué con nuestras tierras y aguas frente al imperialismo, el neoloberalismo, el extractivismo? ¿Y si somos estas que somos, qué con el racismo, con la heteronormatividad impuesta, con el clasismo? Sí, nos hemos encontrado para hacernos muchas preguntas, para escoger respuestas y caminar con ellas, muchas veces, por senderos distintos.

Y entonces lo que pasó en Chiapas fue así, pero distinto. No sólo porque no era un encuentro únicamente entre feministas, sino porque tanto en la convocatoria como en la clausura las mujeres zapatistas, referentes mundiales de la digna rabia, nos invitaron a luchar juntas, desde nuestros lugares, modos y tiempos, contra los sistemas enemigos que nos violentan y nos matan. Tener la posibilidad de leerlas, escucharlas y vivir la autonomía rebelde que han construido junto a sus compañeros, generó una disposición mental, corporal y espiritual para reconocer nuestras diferencias como posibilidad y no como limitación. Eso y la oportunidad de compartir en espacios de intercambio casi totalmente horizontales y seguros con mujeres luchadoras de otros lugares del mundo. La organización del lugar y la abundancia de metodologías, temas y miradas concedió a cada quién la libertad de ser y hacer lo que quisiera, con quienes quisiera.

Y claro, estuvo también reveladora tranquilidad que generó la ausencia absoluta de hombres en el Caracol. No había uno solo. Ni en el equipo de seguridad, ni a cargo del funcionamiento de los equipos para el sonido, ni en las comunicaciones, ni de observadores, ni de recitadores. Ninguno. La decisión de las compañeras zapatistas de prohibir la entrada de los hombres nos permitió sumergirnos con confianza en las reflexiones, dolores, angustias y lágrimas que el racismo, el capitalismo y el patriarcado siembran en nuestros cuerpos, pueblos y territorios. Nos permitió hablar de las violencias feminicidas que ejercen hombres contra miles de mujeres en el mundo con la seguridad de no tener al lado a un potencial agresor. Nos recordó, con las zapatistas como ejemplo, que las mujeres cuando nos juntamos somos capaces de todo.

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El Primer encuentro internacional político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan fue un espacio tan anhelado y necesario como inesperado, que le sumó contenido a chorros a esa genealogía de la que venimos hablando. Pudimos volver a vernos y saber en qué estamos.

Nos juntamos con las compañeras de muchos territorios que desde las acciones más cotidianas y radicales enfrentan la maquinaria extractivista que perfora montañas para lavar oro. Nos oímos entre centroamericanas, suramericanas y caribeñas que hoy levantan los puños en la lucha por el aborto libre, que sigue recorriendo nuestros países, frente a esos que aún sacan a marchar fetos gigantes de cartón y nos señalan de asesinas por defender nuestras propias vidas y desenmascarar su doble moral de pacotilla. Nos sentimos con las hermanas de los pueblos Nasa y Lenca que continúan resistiendo ante el extractivismo racista que pretende desarticular las comunidades, robarse la tierra, borrarnos del mapa y echarnos cemento encima. Nos bailamos, perreamos y desacomodamos con las caribeñas que cuestionan esos feminismos blancos tan presentes en las agendas políticas. Nos abrazamos en las cientos de historias de mujeres cuyos cuerpos han sido violentados pero que sacaron del dolor la fuerza para hacer justicia, para sanarse, para enseñarnos a sanar. Nos contamos las historias de las mexicanas, las guatemaltecas, las de más al sur que han engranado la disputa contra la impunidad por los crímenes de estado con las reivindicaciones feministas, haciendo de la memoria contra el olvido un referente de lucha en el #Vivasnosqueremos. Compartimos experiencias concretas de comunicación, de autogestión, de auto cuidado.

Nos recordamos que nos falta mucho y que el feminicidio crece y que tenemos que ser cada vez más mujeres que luchan para frenar esa máquina de muerte. Nos disfrutamos, nos lo gozamos, nos echamos flores y ganas para seguir dando la pelea. Nos interpelamos como tendremos que seguirlo haciendo siempre. Reafirmamos que esta lucha debe pasar, necesariamente, por entender que el patriarcado no nos afecta a todas de la misma manera, ni es nuestro único enemigo. La sororidad es un discurso vacío y perverso si no consideramos que para construir un camino de emancipación debemos comprometernos con abandonar los propios privilegios y debemos asumir con radicalidad la eliminación del racismo. La transformación social feminista en el contexto actual implica responsabilizarnos de nuestro consumo, rechazar las ocupaciones militaristas y denunciar y sabotear la apropiación neoliberal de la tierra, del agua, de la vida. Implica vincularnos a la lucha contra los crímenes de los estados en nuestra región, implica crear estrategias que hagan frente a la persecución de los movimientos sociales.

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Hablamos e hicimos tanto que este ejercicio de escritura es tan sólo un bocado de lo que el encuentro nos dejó. Aterrizada la euforia, nos quedamos con mucho pero sobre todo con esto: con la necesidad de seguir encontrándonos, luchando y debatiendo, siempre desde ese llamado, halo, magia, modo, estética, o lo que sea que fue, al que nos convocaron las compas zapatistas. Con la palabra pero también con el movimiento, la música, la imagen, el fuego y otros lenguajes que nos posibilitan formas distintas de pensar y hacer la política. Recojamos pues esa genealogía que va creciendo, para seguir haciendo, sin empezar de cero. No nos rindamos, no claudiquemos, no nos vendamos. Sigamos, juntas, adelante.

SECCIÓN / MAREJADA: movilización

Estará dedicada a acciones y procesos que mediante la organización colectiva resisten a múltiples opresiones y crean nuevas posibilidades de hacer y ser en el mundo. Compartiremos experiencias de movimientos poderosos, que crean marejadas y que mantienen la rebeldía viva, con el fin de reconocernos, aprender y potenciar nuestra acción política emancipadora.

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Socióloga, feminista y música en formación.

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