Desahogos, o sobre las mujeres que luchan, o escribir para no paralizarnos

FOTO: Producciones y Milagros
FOTO: Producciones y Milagros
Publicado en: 2018-04-19

A mí me gusta escribir, me gusta narrar pensamientos, me gusta poner en estos códigos palabras que puedan conversar con otras, que puedan ser debatidas por otras. Me gusta escribir porque escribiendo también hablo, porque cuando lo hago, de mí salen sapos y ratas, pero también noches con estrellas. Me gusta escribir en mis cuadernos, frente a la pantalla del computador, en los bordes de los libros, en las paredes, en hojas sueltas, me gusta escribir en las redes sociales, me gusta escribir porque aunque cuestiono la hegemonía de las letras coloniales escribiendo he aprendido a meditar, a pausar el pensamiento o a dejarlo estallar en furia.

Escribo para no ahogarme y escribo para denunciar. Y aunque entiendo que para muchas la escritura no sea un camino, y aunque entiendo la belleza de los diálogos al lado del fuego y el potente mensaje que puede albergar una pintura, una lírica, un cuerpo danzante, para mí ha sido la escritura uno de los medios para hablar, para buscar diálogos… Me gusta escribir, porque la escritura en mí no es un acto vanidoso o pretencioso, más bien es una exposición y me gusta exponerme porque expuesta aumenta el riesgo de ser confrontada y entonces tengo más posibilidades de escuchar, de moverme, de incomodarme y por tanto de hacer algo desde este micro lugar que ocupo en la historia.

Pero la escritura, por lo menos en mi caso, requiere de inspiración, belleza o de furia. Necesita alientos oxigenados que hagan que el corazón palpite fuerte y se invada el cuerpo de ideas que se conviertan en letras. Y es así como llevo, por lo menos, dos semanas tratando de escribir de las mujeres que luchan, de las mujeres que luchamos desde diferentes lugares; intento hablar de mi experiencia en el primer encuentro internacional político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan, convocado en el mes de marzo por las compañeras zapatistas en el Caracol de Morelia en México, pero no lo logro, así que, decidiendo hacer un tejido de lo que siento para volver a ellas, empecé a tejer letras sin certezas pero esperando llegar… a ellas, a mí, a todas.

He intentado inspirarme en el olor de esas montañas, en el sonido de las Mañanitas que el primer día nos sacó del sueño; trato de inspirarme en los desayunos colectivos, en el hecho de habitar un espacio durante tres días sin hombres a nuestro lado. Trato de pensar en cada discurso, en los talleres, en los campeonatos deportivos, en las filas buscando un elote cocido, en los atardeceres, en el olor del humo, en eso de abrir los ojos y estar rodeada de cinco mil mujeres más, en las noches… En esa noche en la que las compas zapatistas apagaron todas las luces y cuando dimos media vuelta habían mil velas rodeándonos -como si las estrellas se hubieran puesto a nuestra altura-, y así, pienso en cada imagen, siento cada olor, me detengo en cada sensación, y sin embargo no llegan las palabras necesarias para contarles -o contarme- aunque sea un fragmento ‘coherente’ de lo que allí pasó. Porque la magia no es coherente. Y porque las sensaciones contradichas frenan el transcurrir de la palabra.

La inspiración que se hace escritura está pasmada, adolorida, pausada en pérdidas, impávida, casi muerta, o por lo menos así la siento. La rabia no despierta y el dolor sólo hace trizas un adentro que quiere escupir estrellas sobre una tonelada de mierda. Al pueblo Tumaqueño en Colombia, a ese pueblo negro grande en historia y resistencia lo siguen masacrando, no hay guerrilla para culpar y el racismo estructural seguirá en silencio posibilitando los privilegios que sostienen al centro de éste penoso país.

Unos días después de llegar de nuestro hermoso encuentro en Morelia, Marielle Franco fue asesinada en Brasil. Marielle la luchadora favelada, la negra, la lesbiana, la del barrio. La que logró entrar a uno de esos espacios del poder político y denunciar las aberraciones racistas que a diario sufren los jóvenes negros de las favelas en Brasil. A Marielle, la luchadora, la silenciaron. Y aunque ahora por ella, por Berta, por Betty y por todas las demás digamos que se han convertido en millones, su pérdida es irreparable y no nos alcanzará la lucha para contarlas.

Hace un par de días fue asesinada Doris Valenzuela, una mujer negra de Buenaventura, Colombia, que luchó por su pueblo, que denunció el paramilitarismo y las casas de pique, a quien le asesinaron dos hijos y jamás se quedó en silencio. Doris tuvo que salir de su tierra e irse exiliada a España en donde fue asesinada por quien fue su pareja. El silencio ante su muerte agobia; duele leer a las compañeras que gritan día tras día por una necesaria solidaridad que no se activa ante los feminicidios, ante los abusos, ante los acosos. Con Doris se va otro pedazo de nuestra historia, se llevan otra mujer que luchaba.

Podría seguir enunciando el dolor, podría seguir mi desahogo, podría hablar de Siria, de cada pueblo arrasado por el imperialismo, por el racismo, de cada mujer asesinada por el patriarcado, de todos los pueblos que ya no pueden narrarse alrededor del fuego, de esos que han sido silenciados a sangre y fuego a lo largo de los tiempos, del dolor que es parte de nuestra piel, de nuestra historia, de nuestros relatos, y podría hacerlo porque escribir del dolor también nos hace en la lucha.

Pero necesito cerrar estas líneas nombrando a las compañeras zapatistas, reconociendo a las mujeres que luchan, a las que seguiremos luchando y también a aquellas que creen que la lucha es violeta y que todas vamos siendo lo mismo. Y entonces diré que agradezco con cada parte de mí ser el trabajo hecho por las zapatistas para que allí juntas, en el primer encuentro, nos recuperáramos en fuerzas. No está fácil este mundo. Salimos de la “burbuja” de cuatro días y al segundo nos estaban robando hasta los sueños, pero es innegable que ese acto de juntarnos, de convocarnos, es quizás de lo más revolucionario que podamos hacer en estos tiempos, – aunque en el juntarnos también encontremos mucho de lo que rechazamos-. A ustedes compañeras zapatistas agradezco cada palabra, cada compartir. Sin ustedes y sin ese espacio que nos regalaron a las cinco mil mujeres que pasamos por allí, sería más difícil levantarnos cada día y pensar que aún es posible hacer algo juntas.

Con ustedes agradezco la no existencia de la tal “gafa violeta”, porque en ustedes los colores del mundo son infinitos. A ustedes agradezco que ni me enteré del 8 de marzo estando en medio de las montañas, porque a veces este feminismo es tan racista y tan capitalista que hasta prefiero no escuchar de sus rimbombancias. A ustedes compañeras que luchan, gracias por las cachetadas, por decir con claridad que no necesitan feministas “salvacionistas” creyendo que la lucha se hace “acompañando” a las mujeres indígenas o negras en sus emancipaciones; a ustedes gracias por dejar claro que la tarea la debemos hacer todas en donde estemos y con los medios con los que contemos, que allá no necesitan salvadoras coloniales con nuevas presentaciones de la evangelización.

De las mujeres que llegamos de otros rincones del mundo tendré que decir que ojalá muchas se hubieran quedado en sus casas o marchando en alguna cómoda ciudad. Las que cuestionaron la fila para comprar la comida, las que estaban aterradas por la maternidad de las mujeres zapatistas, las que en donde hay lucha y resistencia histórica sólo ven sumisión patriarcal, a algunas de esas también las escuché y la verdad es que cada vez me reafirmo más en la idea de que estar juntas y sin hombres no garantiza la seguridad de todas. Mientras “la gafa violeta” siga ferrada a los ojos del feminismo, no será seguro ese “país de las mujeres”.

La seguridad de estar juntas tendrá que ser una ficción cuestionada, así como la creencia de que todas hemos sido y vamos siendo lo mismo. ¿Cuántas están en riesgo de morir por ser mujeres, pero ya no solo a manos del patriarcado sino a manos del capitalismo voraz que deprava nuestro territorio grande?, ¿Cuántas llegan al hospital y no serán atendidas por no hablar en los códigos lingüísticos del amo?, ¿cuántas no serán atendidas porque simplemente no hay un hospital digno?, ¿cuántas porque no llevan zapatos?, ¿cuántas pueden morir porque su barrio o su vereda están rodeados de aguas estratégicas para el gran capital que no dudará en asesinarlas para lograr su propósito? ¿Cuántas? ¿Somos todas las llamadas mujeres una misma experiencia histórica, estructural y cotidiana? ¿Lo somos? ¿Cuántas han vivido desnutrición o estuvieron a punto de morir porque el agua que llegaba a sus casas era el sobrante que quedaba a la industria? ¿Cuántas están tragando inevitablemente mercurio día tras día? O como dijeron las compañeras zapatistas el primer día del Encuentro: pero también moríamos por ser mujeres y moríamos más. Y sépanlo bien que no siempre era hombre quien me explotaba, me robaba, me humillaba, me golpeaba, me despreciaba, me mataba. También muchas veces era mujer quien así me hacía y todavía así hacen.

Y entonces agradezco una vez más a las zapatistas que aun siendo conscientes de los riesgos que tenemos en el “país de las mujeres” nos invitaron a la generosidad de escuchar a la otra sin juzgarla. Yo no pude escuchar el racismo y seguir de largo, me enfurecieron los peligros que afloran cuando estamos juntas y entonces volví a pensar que luchar desde esta orilla del universo implica incluso luchar contra nosotras mismas día tras día. Que luchar es una palabra inmensa y no sólo un adorno de lo que hacemos. Que luchar para las mujeres del mundo también implica una tensión permanente entre nosotras porque, aunque el patriarcado como sistema de dominación sea un lugar común de nuestras luchas, no es la única opresión que nos maltrata, que nos roba la vida de las mujeres que luchan.

Por Marielle, por Doris, por cada una de las mujeres que perdemos, pero también por Tumaco, por Siria y por cada uno de los pueblos que con fuego y dolor han querido desaparecer. Por ellas, por lo que vamos siendo y por la conciencia de lo que juntas aún no logramos ser, seguiremos haciendo la lucha. Escuchamos la misión y la tenemos clara, tal y como dijo la comandanta Erika en voz de todas las compañeras zapatistas: Y tal vez, cuando les pregunten cuál fue el acuerdo, ustedes digan “acordamos vivir, y como para nosotras vivir es luchar, pues acordamos luchar cada quien según su modo, su lugar y su tiempo”.

SECCIÓN / MARES DEL SUR: análisis

La colonización no es un hecho histórico congelado en libros de historia, tampoco es una secuencia de acontecimientos lejanos a esta existencia que somos. Más bien, es un hecho que le ha dado forma a nuestros pensamientos, ideas y hasta a las maneras como nos relacionamos. Hoy, quienes nos invitan a pensar palabrotas raras como colonialidad, nos están convocando a reflexionar y a generar acciones en contra de esa herencia impuesta que llevamos en el tuétano. Esta sección será un espacio para aprender, para debatir, para mover comodidades históricas. Un espacio en el que quiénes hablarán seguramente no nos dejarán cómodas en la butaca. Un espacio para feminismos o para pensamientos de mujeres que desde diferentes lugares nos llaman a la lucha antiracista, antipatriarcal y anticapitalista.

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La colonia dijo: mulata. Dicen mis raíces: afro-diaspórica. Me he decidido en piel y espíritu una indignada (activa permanente) contra las opresiones racistas, capitalistas y patriarcales. Dice mi Orí: responsable de nuestra historia, de situarme en ella y de hacer lo necesario y no sólo lo posible. En los códigos del occidente empapelado: una nacida en Colombia, historiadora y amante de la escritura situada. Y también integrante de Revista Marea.

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