Padecer y sobrevivir. Tres resistencias femeninas en pantalla

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“Es mejor que amarre esos perros”, me dice sin cara de buenos vecinos. Quizás no, y es sólo mi imaginación impregnada de los realismos trágicos nacionales. O es el recuerdo del perro que le envenenaron a doña Graciela. Al vecino no le importa que mis perros nunca hayan visto una cabra o que sólo están jugando. Mis perros no saben que las cabras tienen formas drásticas de reaccionar al pánico y una tendencia paisajística a rodar por los abismos; yo no sé lo que el vecino piensa de las cabras o de los perros, menos de la justicia o de la vida. Pero me entretengo imaginando lo peor en una forma de CSI en reversa, enlazando las causas que llevarían al vecino o a cualquier mortal a un punto de no retorno, a obrar violenta e irrevocablemente sobre otro con o sin intención. Voy más lejos. Hago de cuenta que las tragedias cotidianas de la radio y del noticiero me pasan a mí. Imagino el horror detrás del horror de padecer y sobrevivir. El dolor, pienso, es una experiencia humana que no conoce excepciones, pero siempre es más grande, menos soportable, cuando se conjuga en primera persona.

He ido al cine después de mucho tiempo. Una oferta excepcional para ciudades intermedias como la mía me lleva a tres funciones en una misma semana. #1: Son las diez de la noche y somos menos de diez en la sala. La pantalla la llenan los rasgos duros e intensos de una mujer en overol y pañoleta desatando una guerra sin adversario. #2: Una mujer que se resiste a un escrutinio insensible. Canta con un vozarrón de acero, camina por las calles de Santiago con un dolor que no muestra, resistiéndose a una lucha que la vida se empeña en ponerle en frente, tan invisible para otros, tan implacable. Como una ráfaga de viento que la empuja de frente, la hace ir más lento, la hace ser más fuerte. #3: Ella tiene el pelo negro y largo, una cara implacable y densa como un puño en alto, surca la ciudad en trance y coquetea sin ascuas con la muerte.

Muchos hilos de pensamientos y relaciones bailan un croché impreciso en mi cabeza. Mildred, Marina, Paula. Tres protagonistas femeninas, dicen tantos artículos, “atípicas”. Me da escozor ese adjetivo. Tres mujeres que le hacen frente a la pérdida, tres universos y espirales de rabia y de empatía, de justicias déspotas. Tres relatos que se encuentran en la intención de no detenerse nunca en los maniqueísmos de siempre, se despojan de las narrativas planas, lineares y estereotipadas que nos hacen predecir desenlaces, para poner el foco en la complejidad hermosa, brutal y múltiple que implica estar vivas en este mundo, en estos tiempos.

Convengamos una cosa: el único deber de una película es ser película. Accesorias (que no innecesarias) son todas las consideraciones que se empeñan en clasificarlas, llamarlas arte o mercancía, elogiarlas o culparlas de males diversos. En mí, el impacto de las películas nunca es el mismo, ni se debe a las mismas cosas. Pero en general, me calan hondo los mensajes y las reflexiones extracinematográficas. El cine ha sido un vehículo de viajes intensos, interiores, a eso que (creo) no soy yo. Y como a Frances McDormand,  me interesan las películas que generan conversaciones culturales.

No es que el feminismo esté de moda. No son cosas de oportunistas; hablar de violencia, de género, de nuevas representaciones sociales sobre las mujeres, no conoce momentos inoportunos. No es que sean películas-manifiesto, reivindicativas, activistas: son historias. Historias que suman a conversaciones culturales relevantes, y que se ven magnificadas por las plataformas magnánimas de las premiaciones (ellas sí, muy condescendientes a los temas sensibles del momento).

Tres Anuncios por un Crimen (Martin McDonagh, EEUU, 2017) es, en palabras de su director, una película sobre el cambio, escrita con la intención de crear un personaje femenino icónico. Ahí está McDonagh y su trayectoria en dramaturgia, sus diálogos memorables, sus personajes llenos de relieves y de fuerza propia; una narrativa que dispone un montón de piezas para armar un rompecabezas que nunca encaja. En Ebbing, Missouri, nadie es un dechado de virtudes ni un villano de telenovela: ni la adolescente asesinada es canonizada ni endulcolorada en el recuerdo, ni la madre es abnegada ni ejemplar, el jefe de policía no es un corrupto o un mediocre, el idiota con poder guarda una cierta dulzura y vocación para el heroísmo, el psicópata de manual no es culpable. La guerra se juega entre dos bandos que en realidad no se oponen, no se anulan, no se disputan nada; están, en definitiva, en una dinámica de pueblo pequeño e infierno grande, en la que forzosamente se convive con el odio y éste no impermeabiliza de la codependencia, la solidaridad ni del afecto.

Aunque el punto de partida es el mismo, en Matar a Jesús (Laura Mora, Colombia, 2017) está claro desde el título que Paula tiene un móvil y un blanco. La exploración es entonces distinta; si Mildred se lanzaba en una estrategia oblicua, Paula va en línea recta. Ambas están lidiando con la rabia, que para Martha Nussbaum1 es un atractivo sustituto del duelo. Da la ilusión de recobrar el control que se ha perdido. La rabia ha estado siempre en el corazón de toda revuelta y es una de las reivindicaciones del movimiento feminista, pues cuando la sumisión lleva implícita la obligatoriedad de la dulzura, la paciencia, el acato, la rabia es la sustancia de la libertad, de la rebeldía. Pero lo advierte Ursula K. Le Guin2; es un arma. Detona cosas. En ambas películas, moviliza. En ambas películas, envenena. Con o sin culpable al alcance, no es de saldar cuentas de lo que se trata. La cuestión de fondo no es la justicia a la que ninguna fe cobija, ni es la venganza femenina ante siglos de sumisión y atropello. Son los meandros. Es el acto de poner en duda. La delgada línea entre la reacción -más de lo mismo-, y la transformación. Entender que la vida nos da la oportunidad de morir y renacer tantas veces y que nuestros verdugos y adversarios son también nuestros espejos.

Una Mujer Fantástica (Sebastián Lelio, Chile, 2017) amplía la mirada para enseñarnos que las violencias no siempre vienen vestidas de monstruosidad y de sevicia. Las hay muy formales, protocolarias y discretas. Invisibles para quienes no las padecen. Estas violencias no hacen mucho ruido y se alimentan de los silencios cómplices. Lelio ya me había enganchado con Gloria (2013), y me sorprende la sobriedad con la que deja que estas mujeres sean enormes sin necesidad de artificios o condescendencias. Lo que encuentro lo más de emocionante en esta película extraña, que no termina de encajar ni acomodarse en nada, es adivinar en ella el umbral de lo que apenas se nos asoma como vanguardia y transgresión; algún día hemos de trascender los cercos del género y asimilarnos no en dualidades, sino en espectros. Pero no hay que ignorarlo: hoy en día estamos llamadas a ser mujeres en combate.

Es 2018. En Estados Unidos hierven las protestas contra el sexismo y en la Florida crearon tres anuncios por el control de venta de armas. De pronto, un angloirlandés como salido de Trainspotting II logra una película que se vuelve emblemática de la era Trump; es una patada en el escroto de la industria que propició y alimentó a los Harvey Weinsteins3 tanto tiempo. Fuera de la pantalla, ha sido la gran plataforma sobre la que Frances McDormand se ha erigido a amplificar un discurso que no es exclusivamente suyo, pero que le calza a la perfección a su carrera sólida, consistente, al margen de los tabloides y el estereotipo de chica Hollywood toda glamour e hipersexualidad. ¿No parece evidente que el ícono feminista no es Mildred Hayes con su rabia venenosa, sino Frances McDormand, con su rol en esa industria y su molde para mujeres como divas segundonas? Cuánta más fuerza tendría un flash mob de mujeres en overol y pañoleta en medio de una de esas sobreactuadas ceremonias, en lugar del clásico uniforme de gala conocido como “little black dress”.

En Chile, la fantástica mujer fue recibida por la entonces presidenta Michelle Bachelet, su cara cubre periódicos y revistas, sus videos son virales, pero ella, Daniela Vega, no tiene un documento de identidad con su nombre. “Ley de género” son tres palabras que empiezan a salpicar los titulares y así, juntas, ahora, significan tanto.

Y en nuestra Colombia de odios enquistados y antagonismos insalvables, se sigue silenciando a bala, a domicilio, por encargo. La rabia es el arma al alcance de todos, que nos salpica y nos punza. Pero resisten los esfuerzos que la transforman. En testimonios. En relatos. En libros. En películas. Y vamos saldando una deuda de historias pendientes.

Vamos sumando. Hasta que estas protagonistas y estas historias no sean gestos loables e inéditos que aplaudir por su sola existencia, hasta que lluevan a mares y nos multipliquemos en las pantallas, sudando la rabia de los cuerpos que resisten. Hasta que agotemos la necesidad de contar las primeras veces, hasta perder la cuenta.

Yo mantengo los ojos abiertos a las representaciones femeninas contemporáneas, saco ‘atípico’ y sus sinónimos del cajón de adjetivos. Dejo que la rabia me sacuda y luego también la sacudo lejos. Me abrumo con todo lo que falta por transformar, pero igual empiezo. Con las palabras que elijo y las historias que para mí cuentan, con la forma en que vivo y en la que juzgo y en la que respondo. Ahora amarro a mis perros y salimos a caminar cuando las cabras y los vecinos duermen.

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1. La filósofa estadounidense, catedrática de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago. Reconocida por su contribución a las humanidades, a la filosofía del derecho y de la política y su concepción ética del desarrollo económico.

2. Fue una escritora estadounidense. Publicó obras dentro de numerosos géneros, principalmente ciencia ficción y fantasía, aunque también escribió poesía, libros infantiles y ensayos.  Fue la primera mujer galardonada con el título de Gran Maestra por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de Estados Unidos (SFWA). Se consideraba a sí misma como una mujer feminista y taoísta3 y en sus novelas aparecen a menudo ideas anarquistas. Fuente: Wikipedia

3. A finales de 2017 el The New York Times y The New Yorker, informaron que docenas de mujeres acusaron al productor de cine estadounidense Harvey Weinstein de acoso sexual, agresión sexual o violación. Posterior a esta denuncia, muchas más mujeres se sumaron denunciando a Weinstein y a otros hombres  por hechos similares. También se creo el hastag #metoo através del cual muchas mujeres compartieron por las redes sus experiencias de acoso y agresión sexual.

SECCIÓN / OLA DE SENTIDOS: crítica cultural

En este apartado encontraremos opiniones, visiones y percepciones sobre lecturas (académicas o literarias), películas, canciones, poesías, expresiones artísticas, etc., que nos mueven, sugieren, provocan y aportan miradas diversas en los temas de interés de nuestra revista. Esperamos que disfrutes lo que disfrutamos, o no, pero que te animes a leerlo.

Socióloga de la Universidad Nacional interesada en la creación de contenidos y la investigación en el campo de la cultura y la sostenibilidad. Vivo en Piedecuesta, Santander, en donde estoy vinculada a varios proyectos colectivos y personales alrededor de estos temas. Me interesa el periodismo cultural y todas las prácticas relacionadas con el consumo consciente.

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